-
Cálido y sentimental
Fecha: 30/03/2026, Categorías: Fantasías Eróticas Incesto Autor: Ericl, Fuente: SexoSinTabues30
... quería para mí. Me acuerdo perfectamente de ese día. Era un viernes por la tarde, el sol se estaba escondiendo y el cielo tenía ese tono naranja que parece prometer cosas buenas. Papá llegó a casa con una sonrisa misteriosa, de esas que solo se le veían cuando tenía un as bajo la manga. —Valentina, ven. Quiero que conozcas a alguien —dijo, limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo viejo. Y ahí estaba él: Samuel. Camiseta blanca manchada de aceite, manos grandes, y una mirada tímida pero firme. Me saludó con una sonrisa torcida, como si no supiera muy bien qué decir… pero que ya decía todo. —Él es buen muchacho —dijo papá, dándole una palmada en la espalda—. Juega fútbol como los dioses y arregla motores como si hablara con ellos. Yo sonreí, más por no quedarme callada que por otra cosa. Pero algo dentro de mí… hizo clic. Fue rápido, imperceptible, pero claro. Como si el universo me susurrara: “pon atención, este man va a ser importante”. Esa noche hablamos poco, pero sus ojos se quedaron conmigo más tiempo del que me gusta admitir. Con el tiempo descubrí que papá no solo me había presentado a un mecánico o a un jugador de domingo. Me había presentado al amor de mi vida, al padre y protector de la familia que esperaba crear, a mi compañero de esta historia que todavía estamos escribiendo. Y a veces pienso… ¿será que él lo sabía? ¿Será que ese día, cuando me lo presentó, ya intuía en su corazón de papá lo que se venía? Porque si es así, ...
... entonces sí: el amor tiene aliados invisibles. Y uno de ellos, en mi caso, fue mi viejo querido. Yo no era la mujer que soy ahora cuando conocí a Samuel. Era más callada, aunque eso no quiere decir que no pensara mucho. Lo hacía… demasiado. Guardaba todo: los enojos, las ganas, los miedos, las preguntas que nadie respondía. Sonreía por cortesía, pero en el fondo sentía que algo me faltaba, aunque no sabía qué. Era fuerte, sí, porque me tocó serlo. Pero también era desconfiada. Había visto lo suficiente como para saber que no todo lo que brilla es oro… y que hay promesas que se rompen con el primer aguacero. Y entonces apareció Samuel. No como en las películas. Nada de cámara lenta ni violines. Fue más bien un: “Valentina, este es Samuel. Se la pasa en el taller conmigo. Es buen muchacho”. Así, seco. A lo papá. Él me saludó con una sonrisa un poco torpe, como si le diera pena estar ahí. Tenía las manos manchadas de aceite, una camiseta deslavada, y esa manera de mirar directa, pero sin presionar. Fue raro. Porque en vez de sentir que tenía que impresionarlo, sentí que podía respirar. Recuerdo que me hizo una pregunta tonta. Algo como: “¿A ti también te gusta el café sin azúcar?” Y sin saber por qué, me reí. No por la pregunta, sino por cómo la hizo. Como si estuviera hablando de algo mucho más importante. Ese día, algo en mí se aflojó. Un nudo chiquito, pero viejo. Y aunque no me enamoré en ese instante, algo en mí despertó. Como una puerta ...