-
Sabemos que nos miras (II)
Fecha: 30/03/2026, Categorías: Sexo en Grupo Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... cadera comenzó a moverse por sí sola, cuando sus dedos se enredaron en mi cabello con más fuerza, cuando murmuró mi nombre entre dientes, supe que estaba al borde. Y fue ahí, justo ahí, donde decidí no detenerme. No podía. No quería. Sentía su dureza, su calor, su piel palpitante contra mi lengua, y cada embestida lenta que él iniciaba con sus caderas era una invitación a más, a rendirme del todo, a entregarme a ese placer que ya no era solo suyo, sino también mío. Me había convertido en su boca, en su garganta, en su fuego. Y él lo sabía. Sus caderas comenzaron a moverse con más fuerza, más firmeza, marcando un ritmo que se intensificaba segundo a segundo. Al principio lo acepté con entusiasmo, con deseo... pero pronto entendí que aquella entrega iba más allá del juego. Era una rendición absoluta. Un acto de posesión. Y me encantaba. Lo dejé hacerme suya, ahí, en mi boca. Hundirse más, más profundo. Sentí la tensión en mi garganta, el reflejo natural de querer resistirme... pero no lo hice. Me relajé. Le ofrecí todo. Él lo notó, porque dejó escapar un jadeo, un gruñido tan primitivo que me hizo temblar entre las piernas. Cada centímetro suyo se hundía en mí con firmeza. Su pelvis golpeaba contra mis labios con un ritmo cada vez más desesperado, más animal. Yo lo sujetaba por las caderas, me aferraba a su piel ardiente, y me concentraba en resistir, en abrirme a él completamente, en demostrarle que podía soportarlo... y disfrutarlo. Notaba cómo el temblor ...
... comenzaba a recorrer su abdomen, cómo sus músculos se tensaban bajo mis manos, cómo su respiración ya no era controlada ni tranquila. Estaba a punto. Y yo no tenía intención de soltarlo. Entonces ocurrió. Un gemido profundo, gutural, escapó de su garganta mientras se hundía con un último empuje, más profundo, más intenso. Y explotó dentro de mí. Sentí la descarga caliente y abundante golpearme la garganta, desbordarse en mi boca, y ni por un instante pensé en apartarme. No. Quería eso. Quería tragarlo. Quería quedármelo todo. Lo saboreé como si fuera néctar prohibido, y lo engullí sin resistencias, sin asco, sin pudor. Con hambre. Con devoción. Él gimió de nuevo, largo, entrecortado, con los ojos cerrados y las caderas temblando aún contra mi rostro. Acarició mi cabello con una ternura repentina, como si agradeciera la entrega, como si ese gesto final fuera una caricia íntima, sincera. Y yo me quedé allí, de rodillas, aún con su sabor caliente en la boca, aún jadeante, aún vibrando de orgullo. Lo había conseguido. Había hecho temblar a ese hombre perfecto. Y nunca me sentí más poderosa. Habían pasado unos minutos. No sabría decir cuántos exactamente, pero sí sé que, tras esa explosión de placer y de entrega, me ofrecieron algo que agradecí incluso más que el sexo: ternura. Me dejaron tiempo para asearme en su baño, un espacio pequeño pero lleno de detalles personales. Mientras el agua tibia recorría mi cuerpo, aún podía sentir en mi garganta el ...