-
Sabemos que nos miras (II)
Fecha: 30/03/2026, Categorías: Sexo en Grupo Autor: Curiosa, Fuente: TodoRelatos
... eco de su gemido final, en mis labios el sabor de su piel, en mi vientre el calor de sus caricias. Me miré al espejo con el pelo desordenado, la cara aún encendida, y sonreí. No me reconocía del todo. Pero me gustaba esa versión de mí. Al salir, Natasha me ofreció una taza de café humeante, mientras Sebastian, ya vestido con una camiseta fina, andaba descalzo por el apartamento recogiendo con naturalidad las sábanas arrugadas. Nos sentamos los tres, en la cocina, sin nada más que decir... o quizás con demasiado que no sabíamos cómo poner en palabras. A trompicones, entre su español salpicado de errores y mi inglés desastroso, intentábamos hacernos entender. Nos reíamos. Nos equivocábamos. Nos corregíamos con gestos, con sonrisas, con miradas que decían más que cualquier frase. En algún momento, me sorprendí pensando que nuestros cuerpos se habían entendido infinitamente mejor que nuestras lenguas. Y qué bonito era eso. Ya caía la noche sobre Madrid cuando decidí que era hora de irme. No porque quisiera. Simplemente porque algo me decía que debía dejar que ese recuerdo quedara así de perfecto. Cerrado, pero vibrante. Ellos no cambiaron ni un ápice su actitud. Amables, suaves, sin sobreactuar. Me acompañaron hasta la puerta como si ...
... fuera una invitada cualquiera. Pero sus miradas… esas miradas me desnudaban incluso mientras ya iba vestida. En el descansillo, Natasha me besó en los labios con la misma dulzura de siempre. Un roce, un suspiro. Y luego lo hizo él. Más firme, más cálido. Como un “gracias” que se me quedó flotando en la boca. Me miraron en silencio mientras el ascensor se cerraba, y me llevé conmigo su aroma, su calma, su electricidad. Ya en casa, me descalcé lentamente, dejando caer mi abrigo sobre el sofá sin prestarle atención. Me acerqué a la ventana casi sin pensarlo, movida por una especie de magnetismo extraño. Y allí estaban. En su habitación, ya con las luces tenues, los vi. De pie, abrazados. Ella, con la espalda pegada a su pecho, su melena cayendo sobre su hombro, su silueta recortada contra la penumbra. Él, con los brazos rodeándola, con la misma sonrisa tranquila de siempre. Me estaban mirando. Y sonreían. Me saludaron con la mano, como dos adolescentes que despiden a una cómplice. Yo levanté mi mano también, sintiendo cómo algo se movía dentro de mí. No era tristeza. No era nostalgia. Era esa sensación tibia de haber vivido algo único. Y, tal vez, la certeza de que ese relato no estaba terminado. Tal vez… solo acababa de empezar.