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Diario de un Consentidor 201 Phobos y Deimos
Fecha: 23/04/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... culeando como un desesperado. No, Phobos, no seré la siguiente. Sería la coca, si no, no me lo explico. Rosalía agonizaba anudada al can, yo no podía apartar los ojos de ella, de su tormento, de la bestia subida a la espalda. Rosalía descansaba la frente en mi regazo aguantando el peso del animal, yo sentía su aliento en la vulva, el jadeo agitado de Phobos. Rosalía, anudada a las puertas del cielo, temblaba, reposaba con la mirada ebria y volvía temblar, ¿qué le hacía por dentro? ¿qué sería tan fuerte para hacerla estremecer de tal forma? Me deslicé apoyada en talones y codos y los dejé solos, no podía seguir siendo partícipe, no estaba bien. Me arropé con un albornoz, cogí el tabaco y salí al porche, necesitaba aire puro, frío en el rostro, silencio. Deimos me había seguido, recorría los alrededores, marcaba un arbusto y volvía a mi lado; buen perro, murmuré, le acaricié la cabeza; Menudo festín te has dado, ¿eh?, le di unas palmadas en el lomo, me chupó los dedos, sabían a su ama. Deimos se sacudió como lo hacía mi perra cuando la lluvia arreciaba. Cuántos recuerdos regresaron del pasado, cuánta nostalgia, cuánto dolor. Lo percibía porque se sentó y ya no se movió de mi lado. —¿Puedo acompañarte? —No te he oído llegar. Le ofrecí el paquete, sacó un cigarrillo y lo encendió con la colilla del mío. —¿Cómo estás? —Desconcertada, confundida, un poco asustada. Es pronto para responder. —Rosalía necesita un rato para recuperarse. Ven, ...
... mírala. —No, déjala tranquila. —Ven, hazme caso. Ascendimos por una estrecha escalera de piedra adosada al muro lateral, recorrimos la galería y nos asomamos a un ventanal, los gruesos vidrios daban una estampa deforme e irregular de la escena, tenia algo de impresionante por lo primitivo: la mujer desnuda abrazada a la bestia, ambos tumbados de cara a la chimenea; ella, detrás del robusto macho, parecía tan pequeña… La mano se hundía en el pelaje, la pierna flexionada descansaba sobre el cuarto trasero del animal. Resaltaba el contraste de la pálida desnudez sobre el oscuro pelaje, la fragilidad frente a la fuerza, las dos distintas bellezas. —A que es hermoso. —¿Siempre es así? —¿A qué te refieres? —Cuando… lo hacen… —¿Quieres decir cuando la monta? —Sí, cuando la monta, ¿siempre es así? ¿se quedan solos? ¿juntos? —Siempre. ¿Necesitas compañía después de hacer el amor o prefieres quedarte a solas con tu pareja? —No es lo mismo. —Phobos es muy posesivo, cuando está con su hembra marca territorio; no es agresivo, descuida, pero no le gusta que nadie ronde cerca. —¿Ni siquiera tú? —Tiene muy clara la jerarquía, pero si la hembra de nuestra pequeña manada le busca, el instinto prevalece. Después, el orden vuelve a la normalidad, yo soy el jefe de la manada indiscutible, no hay competencia. —Y tú, ¿cómo lo vives? —Ya has visto, disfruto, me causa un profundo placer, la relación me ha hecho entenderlos mejor; pero es ella quien lo vive ...