1. Diario de un Consentidor 201 Phobos y Deimos


    Fecha: 23/04/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos

    ... conozco —dice mostrándome una foto de Mario y mía—, viene mucho por aquí. Ahora lo entiendo, has venido a enterarte de lo que hace tu marido con Candela y al final os habéis hecho amigas, ¿es eso?
    
    —No lo entenderías.
    
    Lo he intrigado, mete todo de cualquier manera en el bolso y lo deja en una silla, me sujeta la cara con las dos manos y me besa con tanta pasión que anula mi sentido.
    
    —Me lo vas a contar.» (1)
    
    Alonso se disculpó avergonzado y volvió a ser el hombre educado de antes.
    
    —Es muy facil perderle el respeto a una persona con un detalle insignificante, tú lo sabes; un gesto dice más que cien palabras.
    
    —Sabes demasiado de mi vida, Diego no necesitaba darte tanta información.
    
    —No lo culpes a él, antes de entablar cualquier relación procuro estar bien informado, con lo que nos contó tuve datos suficientes para completar mi propia investigación.
    
    —¿Has estado vigilándome?
    
    —Recabando datos. Tu entorno: familia, trabajo, círculo profesional y personal, nivel económico… Además, necesitaba asegurarme si en las relaciones íntimas eras tal y como contaba.
    
    —¿Qué estás diciendo?
    
    —No te diré quién ni cuándo, pero te has acostado con alguien encargado de comprobar…
    
    —La mercancía.
    
    —No, por favor, no seas vulgar. El informe no pudo ser más positivo. Educada, con clase, excelente en la cama, imaginativa, insaciable…
    
    Insaciable, la palabra maldita. No respondí, Rosalía buceaba entre las ancas del animal, sentí una especie de escalofrío al pensar ...
    ... lo que estaba haciendo, me quedé absorta viéndola enterrada entre los cuartos traseros que brincaban movidos por un temblor incontrolable; de la vulva le colgaba un hilillo preludio de algo más copioso. Vámonos, le dije cuando no pude soportarlo. Nos apartamos del ventanal, encendimos un cigarrillo y lo compartimos.
    
    La luna llena bañaba la balaustrada. El aire de una madrugada insólitamente cálida apenas se movía. Debajo, la vegetación exuberante, con sus imponentes robles proyectando sombras alargadas, jugaba con la brisa suave. Un grillo solitario chirriaba en la distancia, eco de la vida que dormía a su alrededor. No había rastro del ruido de la ciudad, sólo el susurro de las hojas y el latido, casi imperceptible, de mi propio corazón.
    
    La brisa levantó un mechón y lo depositó suavemente sobre mi mejilla. Alonso estiró la mano, casi por inercia, y lo apartó, sus dedos me rozaron, la electricidad del contacto fue instantánea, una corriente silenciosa que diluyó la tensión. Deshizo el nudo del albornoz, las manos frías me hicieron tiritar, las retiró de mis pechos y las condujo a la espalda, me atrajo y nos besamos. Deimos, celoso, trató de separarnos con el morro, no me importó, nada en el mundo habría logrado apartarme de sus labios. Tenía una forma peculiar de acariciarme el culo, como si fuera una frágil bola de cristal en la que adivinar el porvenir; podría dejarle hacer eso durante horas mientras siguiera besándome así, así…
    
    …
    
    —¿Más tranquila?
    
    —Detesto que ...
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