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Diario de un Consentidor 201 Phobos y Deimos
Fecha: 23/04/2026, Categorías: Intercambios Autor: Mario, Fuente: TodoRelatos
... Un mercedes situado a escasa distancia encendió las luces y se detuvo ante nosotros, el conductor bordeó el coche y abrió la puerta, Alonso lo había rodeado por detrás y abría la otra puerta para sentarse a mi lado. —¿Dónde vamos? —A casa, vas a conocer a mi esposa. Vaya, pensé, tenemos numerito doble; imaginé a una pareja de voyeurs, la típica mujer bisexual que disfruta exhibiéndose ante su marido y viéndole follar con otra. Sin problema. Durante el trayecto, enlazó con la temática que manteníamos en el Penta: Degas y su difícil relación con los impresionistas, la afinidad con Manet, pasamos a Toulouse Lautrec… Le seguí, sólo era una excusa para avanzar porque, a todo esto, había posado como por descuido una mano sobre mi pierna; los impresionistas dejaban el terreno preparado para explorar ya que no encontró oposición cuando se hundió entre ambos muslos. No hizo falta más, unas suaves caricias de las que derriban murallas y encontró un terreno cálido y mullido, algo húmedo que sus dedos se encargaron de liberar del ligero tejido que a los dos nos estorbaba. Besaba bien, sin atropellos, no hace falta invadir si eres paciente, los labios terminan por ofrecerse abiertos, ya me entendéis. Después quiso verme desnuda, no lo dijo, lo intuí o es que yo lo presentía. Algo había en el ambiente, la situación, el olor de la tapicería, el rumor del motor, el chofer… —No te preocupes por él. —Ya sé, ni ve, ni oye, ni habla. —¿Por qué esa frase otra vez, por ...
... qué? —Exacto. Un impulso irracional me llevó a desprenderme de la blusa, solté el sujetador y lo puse a un lado, sobre el abrigo. Alonso se cebó en mis pechos con la templanza propia de un caballero lo cual me dejaba descuidada, libre para sentir cómo aumenta la dureza mis tetas cuando saben manejarlas. Adoro a los hombres que saben cuidar los pechos de una mujer, son una especie en vías de extinción. A ratos despertaba para espiar sin éxito el retrovisor. «Mírame, mírame». ….. —Señor, estamos llegando. —dice una voz gutural. Abro los ojos y lo veo reflejado en el espejo. —Gracias, Salvador. Salvador. No encaja, suena como una nota disonante en un concierto. En cambio… Armando… Otra vez, ¿por qué Armando? ¿quién es? No puedo pensar ahora en eso, tengo las tetas como rocas, Alonso arrecia en el ataque, tiene bien tomada la posición entre los pliegues de mi sexo y explora el terreno con la misma precisión que pone en dibujar con el ápice de la lengua el contorno del pezón más cercano. No ha dicho nada de los aros, apenas les ha dedicado la atención precisa; le acaricio el cabello, es un encanto de hombre. Esta noche promete. Entramos en una explanada, a unos metros, una verja nos detiene. El portón se abre al acercarse el auto, aprovecho para colocar las bragas en su sitio, ponerme el sujetador y la blusa y arreglarme el pelo. La hacienda, de principios del siglo veinte, se alza al fondo entre campos de olivos y el dulce aroma de los azahares. Su ...