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Un día intenso para Mi sumisa (5) - Final
Fecha: 25/04/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: DominanteMadriZ, Fuente: TodoRelatos
... ¡dale a esta perra, dale! —dije mientras miraba al cerdo que se la estaba follando. Al empezar a pegarle el cabrón, cambié los azotes en el culo por hostias en la cara y solté: —¡Córrete, hija de puta, córrete! La perra se llevó la mano al coño y yo, totalmente descontrolado, me corrí en su boca sin parar de darle hostias tan salvajemente que hacían salpicar las lefas de todos. El cerdo tampoco aguantó más y, mientras se corría y sin parar de azotarla, gritó: —¡Qué puta, qué puta, me corro, me corro, me corro! Sandra se apartó de los dos, sentándose mientras abría su culo para sentir el suelo y mirando a todos. Empezó a gritar: —¡Esta zorra se corre, esta zorra se corre! ¡Aaaahhh! ¡Aaaahhh! ¡Aaaahhh! —empezando a convulsionar descontroladamente, acabando tirada en el suelo. —Gracias, mi Amo. Permanecimos un momento más en la sala, como si necesitáramos recuperar el aliento después de lo que acababa de pasar. Sandra, todavía en el suelo, se pasó la mano por la cara intentando limpiar sin éxito el rastro mezclado de lefa y jugos que la cubría, pero con esa sonrisa que me confirmaba que había disfrutado cada segundo. Le di un suave tirón de la cadena para que se levantara. —Al vestuario, perra. Obedeció sin una palabra. Aún con el paso algo inestable, recogió la cola de zorra, la mordaza, el gel y los pocos preservativos que todavía quedaban sin utilizar. Bajamos hacia los vestuarios, pasando entre las miradas de varias parejas que parecían ...
... intuir que ya estábamos de retirada. Algunas sonreían, otras directamente la devoraban con los ojos, y yo notaba cómo ella, lejos de avergonzarse, se erguía un poco más, luciendo los restos de lefa en la cara, el pelo, las tetas y las marcas rojas de los azotes en su culo como trofeos. Dentro del vestuario, le quité el collar. Me senté en el banco mientras ella se metía bajo la ducha. El agua caliente arrastró lentamente los restos de lefa, bajando por su piel todavía enrojecida. Yo la observaba en silencio, disfrutando de la imagen de su cuerpo marcado, con algún que otro moratón en los muslos y las mejillas todavía encendidas por la excitación. Cuando estaba enjabonándose, pasé con ella y terminamos juntos de ducharnos. Al salir, se secó despacio y se vistió, sin decir una palabra. Esa calma después del exceso siempre me gustó: la transición lenta del animal desbocado a la mujer sumisa que sabe que ha cumplido su papel. Yo me vestí a mi ritmo, guardé nuestras cosas en la bolsa y salimos juntos del vestuario. En la puerta del local pedí un Uber: quería proporcionarle, si el conductor conocía el lugar, la última humillación del día. El coche llegó rápido. Abrí la puerta trasera para que subiera y me senté a su lado. Durante el trayecto, ella apoyó la cabeza en mi hombro, en silencio, con una leve sonrisa que me decía más que cualquier palabra. Yo le acaricié el muslo con la mano abierta, notando la tensión de los músculos que todavía guardaban el eco de lo que había ...