1. Mamá ¿por qué estás desnuda? (11)


    Fecha: 28/04/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos

    ... perspectiva era fantástica: sus dos nalgas se imponían como dos lunas a punto del colapso, su espalda curveada era como desfiladero, y de frente: el premio mayor y prohibido, su ano.
    
    Lubriqué las bolas con el gel que compramos esa vez. Se sentía frío y aceitoso, y al tocar el ano de mamá, la oí soltar un pequeño quejido, mezcla de sorpresa y recelo.
    
    —Me dices si te duele —pedí.
    
    —Sí, sí, yo te aviso.—respondió ella, pero la voz le tembló.
    
    Decidí ir lento. Primero pasé el gel por los labios vaginales, masajeando despacio, y luego, con la punta de un dedo, recorrí la entrada del ano, apenas rozando. Mamá jadeó, arqueando la espalda, y sentí su cuerpo tensarse bajo mis manos. No sé por qué, pero mi instinto me indicó que era una buena idea comenzar masajeando el esfínter antes. Y así lo hice. Honestamente, pude haberme pasado toda la tarde en ello, pero en algún momento hay que tomar acción.
    
    Pensé que iba a ser mucho más difícil, así que fui quizá con más cuidado del necesario, pero una vez que la mitad de la primera bola entró, la anatomía hizo el resto.
    
    El ano de mamá engulló la pequeña esfera, dejando sólo una mínima parte de la cara al descubierto.
    
    Acaricié la espalda de mamá, quien respiraba de manera acompasada. Era súper morboso verla así de entregada.
    
    Decidí no preguntar y aventurarme con el experimento aún más.
    
    La segunda bola, de manera anti-intuitiva, ofreció más resistencia, por lo que tuve que empujar con un poco más de fuerza, aunque ...
    ... los nervios me hicieron creer que fue más de lo que en realidad era.
    
    Mamá gimió cuando esta esfera se perdió en la inmensidad de su culo.
    
    —¿Estás bien? —pregunté, preocupado.
    
    —Sí, es sólo que se siente… raro. Pero no feo.
    
    La vi mover las caderas, buscando un ritmo, un acomodo, y luego sentí que su cuerpo se relajaba, como si el interior entero se hubiera reconfigurado para recibir el nuevo objeto.
    
    Me puse detrás de ella, todavía había dos esferas colgando del hilito por fuera, y quizá esa incompletud hacía de la visión algo sumamente morboso. Mi verga estaba erecta hacía ya varios minutos, pero ahora palpitaba.
    
    —¿Te gusta? —pregunté.
    
    —Mucho —dijo, y el gemido fue más largo, más profundo cuando introduje la tercera, ya sin tanta ceremonia.
    
    No me aguanté, la cuarta y última bola acompañó al resto casi de manera automática, mamá gimió y se retorció un poco pero con una mano le sujetaba la cadera con fuerza, mientras que con la otra introducía el último atisbo de diversión. Luego, pasó lo predecible: la penetré despacio, y sentí la resistencia interna, como si el espacio estuviera ocupado por una energía densa, eléctrica. Mamá gimió fuerte, empujando el culo hacia atrás y obligando mi pene a entrar más hondo. El roce con las bolas era distinto a todo: la sensación de mi verga rozando las esferas dentro del recto, el calor húmedo de la vagina, el temblor de los músculos pélvicos trabajando a full.
    
    Cogimos así, en silencio, sólo el ruido sordo de nuestros ...
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