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One shot: en cuarentena con mamá
Fecha: 05/05/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos
... pezones erectos, y me pareció que estaban húmedas, no por sudor, sino por saliva. Recién cuando di un paso dentro del cuarto, abrió los ojos. Se sobresaltó. Retiró su mano con rapidez y se incorporó de golpe, cubriéndose con la sábana. Una escena casi idéntica a la que ya habíamos experimentado, solo que esta tendría un desenlace muy diferente, o al menos eso esperaba. —¿Qué hacés acá? —preguntó, su voz rasposa, todavía acelerada. Me quedé parado, en la puerta, mirándola con lascivia, sin disimulo. De hecho, tenía una erección perfectamente visible. —No quiero que sigas haciéndolo sola —dije, sin pensar demasiado. Ella me miró. Por un segundo vi la sorpresa, después vi algo parecido a enojo… o defensa. —Estás loco… —dijo, negando con la cabeza—. Esto no está bien. Diego… ¡Sos mi hijo! Sentí que el corazón me latía en la garganta. —Vos sabés que no podés más —dije, bajando la voz—. Yo lo escucho. Te escucho todas las noches. Todos los días. Sé que lo necesitás. Vos misma me lo dijiste. No te alcanza con masturbarte, pero tampoco querés estar con nadie, por miedo a contagiarte. Ella cerró los ojos por un segundo, como si las palabras la golpearan. Como si no quisiera haberlas escuchado. —Eso no tiene nada que ver, Diego. Yo… —contestó, pero su voz ya no tenía la misma firmeza de siempre. Di un paso más dentro del cuarto. —No tenés a nadie más —seguí—. Estamos los dos acá. Solos. Encerrados. Y esto nos está matando a los dos. Me miró fijo. ...
... No dijo nada. No me gritó. No me echó. Y ese silencio fue más fuerte que cualquier otra cosa. Me subí a la cama como si todo lo que había pasado entre nosotros, hasta ese momento, hubiese sido solo un prólogo, un rodeo inevitable antes de llegar a esto. La habitación estaba en penumbras, apenas iluminada por la luz que se filtraba desde el pasillo, suficiente para que mis ojos la buscaran a ella, tendida sobre las sábanas, con la piel tibia todavía humedecida por el calor de la siesta y de sus propios deseos. Mamá me miraba de un modo que me desarmaba; no había enojo, no había culpa, solo un brillo voraz en sus ojos claros, como si el encierro, la cuarentena, las semanas de soledad y de cuerpos contenidos hubieran terminado por quebrar todas las barreras. Me acerqué sin decir nada, dejando que mis manos encontraran el borde de la sábana y la apartaran con una lentitud casi reverencial. No me apuré. Quería verla. Quería que mis ojos absorbieran cada detalle de su cuerpo fuerte, maduro, trabajado al límite de lo estético y lo brutal. Su piel dorada, marcada por tatuajes que recorrían sus brazos, sus costillas, la cadera; las piernas largas, tensas, perfectas; el vientre plano, las tetas enormes que caían apenas hacia los costados. Era un cuerpo hecho para desvelar a cualquiera, pero que ahora estaba ahí, a mi alcance, esperándome. Me incliné sobre ella y dejé que mi boca se perdiera en su cuello, en el aroma inconfundible de su piel, un olor a limpio, a crema, a deseo ...