1. One shot: en cuarentena con mamá


    Fecha: 05/05/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos

    ... otra cosa que pudiera haber elegido. El vestido le quedaba suelto en los hombros, pegado en la cintura, y demasiado corto en las piernas. Cuando se agachaba o se estiraba para pasar el trapo, dejaba ver más de lo que ella misma parecía registrar… o quizás lo registraba perfectamente y ya no le importaba.
    
    Yo la seguía con la mirada desde el marco de la puerta, apoyado, sintiendo ese calor interno que me había empezado a acompañar desde que la había tenido la noche anterior. No había espacio para el disimulo. No había espacio para la culpa.
    
    Me acerqué despacio, sin que ella se diera cuenta al principio. Cuando estuve detrás suyo, tan cerca que podía sentir el perfume de su piel mezclado con el olor del limpiador de pisos, la agarré de la cintura con las dos manos, con firmeza. Ella se sobresaltó apenas.
    
    —¿Qué hacés…? —murmuró, pero su cuerpo no se alejó.
    
    La giré despacio, hasta hacerla quedar de frente a la pared. Mi cuerpo se pegó al suyo, sintiendo la perfección de su orto. Ella se quedó quieta, tensa, respirando más rápido. No se escapó. No me empujó.
    
    —¿Querés que pare? —le pregunté al oído, con la voz baja, rasposa.
    
    Una vez más, su silencio me instó a actuar.
    
    Mis manos recorrieron su cintura, sus caderas sinuosas, y su pomposo orto. Luego siguieron bajando, hasta encontrarse con el extremo inferior del vestido. Lo levanté con lentitud, disfrutando del roce de la tela sobre su piel, descubriendo poco a poco sus nalgas firmes, esa piel dorada que ya era ...
    ... mi perdición.
    
    La tanga negra, mínima, parecía una provocación en sí misma. No tardé en bajarla hasta las rodillas, con un movimiento lento, como si disfrutar del gesto fuese tan importante como lo que iba a pasar después.
    
    Levanté la vista, y noté que mamá había apoyado las palmas de las manos en la pared, y tenía la cabeza gacha. Su respiración era un temblor contenido.
    
    Estaba entregada.
    
    Me desabroché el pantalón y lo dejé caer. Liberé mi verga. Levanté nuevamente su vestido, dejando expuesto su orto desnudo. Apunté, me sostuve de sus caderas, y la penetré. Para mi sorpresa —o no tanto—, estaba mojada.
    
    Empecé a menearme, y como la vi tan lubricada, no me privé de ensartarle la verga entera en los primeros movimientos, con mucha fuerza. Ella tembló en la pared, y gimió.
    
    —Te gusta, ¿eh? No podés estar un día sin coger, ¿no? —le dije, mientras la embestía una y otra vez.
    
    Ella no respondió, pero no hacía falta que lo hiciera. Sus gemidos hablaban por sí solos. Eran gemidos descontrolados, a pesar de que recién comenzaba a penetrarla.
    
    El cuerpo de mamá se arqueó hacia atrás, buscándome, acomodándose a mi ritmo, y entonces la escuché decirlo —con esa voz rasposa, cargada de deseo y de experiencia— casi como un mandato:
    
    —Así… eso quiero... —y luego, con un tono más bajo, más crudo—. Quiero sentirte bien adentro mío… Dámela duro. Como ayer.
    
    Me aferré a sus caderas y me moví aún más rápido. Cada embestida era un golpe de calor, un cruce de cuerpos que se ...