-
El círculo. Cap.36. El poder es una herida abierta
Fecha: 15/05/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos
... Sinaloa. Acompañado de dos empresarios… y un hombre que creemos que es del cártel del Pacífico. No se ve claramente, pero hay rastros. La camioneta tiene placas alteradas. —¿Lo filtramos? —preguntó alguien. Damián no contestó de inmediato. Se inclinó hacia el folder, hojeó las fotos. Una era clara: Serrano bajando de la camioneta. Traje claro. Sonriente. Saludando a un hombre sin nombre. Maya dio un paso hacia adelante. —¿De verdad vas a usar esto? —preguntó, en voz baja—. Si haces esto… ya no hay regreso. El silencio se apretó un poco. Damián levantó la mirada. Finalmente la vio. Y le contestó sin parpadear: —Estoy dispuesto a perder la dignidad. Pero no el poder. Nadie dijo nada. Nadie se atrevió. Maya no volvió a hablar. Solo regresó a su sitio, bajó la vista, como quien ya entendió las reglas del juego. Uno de los operadores, un tipo con acento norteño y camisa de cuadros, se aclaró la garganta. —¿Lo quieres soltar directo a medios o lo dejamos reventar en redes? —En redes —dijo Damián—. Pero primero desde cuentas anónimas. Luego le damos vuelo con perfiles de opinión. Y en tres días, que alguien lo denuncie en el Senado. —¿Quién? —Déjame a mí eso. En una esquina, otra pantalla mostraba en tiempo real las menciones de su nombre. Estaban bajando. Pero pronto iban a subir. Damián se puso de pie. Se abotonó la camisa hasta el cuello. Caminó hacia la ventana y miró el cielo gris de la ciudad, salpicado de cables y ...
... anuncios. —Vamos a ensuciar esto, sí. Pero si alguien pregunta, que digan que fue por el bien de la ciudad. Luego se giró. —Y si alguien se hunde… que no sepa nadar. Maya lo observó desde el fondo. Sus ojos no brillaban. Pero detrás de esa calma profesional, algo se movía. No por él. No por el poder. Por ella. Por lo que estaba aprendiendo. Porque en esa oficina… todos creían que Damián tenía el control. Pero lo cierto es que él… ya lo había perdido. __ El baño estaba a oscuras. La única luz venía del foco sin lámpara colgado del techo, parpadeante, sucio, tembloroso. Era una bodega abandonada en el borde de la ciudad, convertida en refugio temporal de dealers, clientas, sombras humanas que entraban y salían como insectos nocturnos, atraídos por el mismo fuego sucio. El lugar olía a orines, cloro seco y algo más: ese olor dulce y podrido que queda cuando la droga ya no es polvo, sino sudor. Las paredes estaban grafiteadas, partidas, con espejos rotos a la mitad. El lavabo chorreaba desde hacía días. En el piso, colillas, papel aluminio, botellas vacías. Y sangre seca. Ximena estaba sentada sobre la tapa de un inodoro sin asiento. Llevaba los jeans desabrochados, la blusa torcida, y el rimel corrido por el sudor. El cabello —ese cabello que antes le peinaba con cariño Miriam— estaba enmarañado, húmedo, pegado al cuello. Se reía. No de algo. No de alguien. Se reía con la boca abierta, la cabeza hacia atrás, como si el cuerpo hubiera olvidado la diferencia entre ...