-
Una semana Como perra
Fecha: 02/06/2026, Categorías: Dominación / BDSM Autor: todoPet, Fuente: TodoRelatos
... pero su tono era burlón, como si se riera de mi esfuerzo. En otro momento, Laura me hizo lamer sus botas mientras ella veía la tele. “Más rápido, perra. No sirves ni para esto”. Mi lengua rozaba el cuero, mi cuerpo temblaba, y yo seguía, desesperada por complacerla. La presencia de extraños se volvió más frecuente. Creo que fue Sofía, una amiga de Laura, la que vino en otro momento. Me sacaron de la jaula y me llevaron al salón, con la correa en la mano de Laura. Sofía, de unos 45 años, me miró de arriba abajo, como si fuera un objeto curioso. “¿Esta es tu perra? Se ve vieja”, dijo, y Laura se rió. “Sí, pero todavía sirve”. Me ordenaron lamer un trozo de queso del suelo mientras ellas charlaban, tomando vino en la mesa. El queso estaba pegajoso, mezclado con polvo del suelo, y cada lamida era una lucha contra mi propia dignidad. “Mira qué obediente es”, dijo Laura, y Sofía añadió: “Sí, pero es un poco patética, ¿no? Tantos años y todavía gateando como una perra”. Sentí mi cara arder, pero seguí lamiendo, con la salsa pegándose a mi barbilla, mis pechos rozando el suelo frío. Luego, Laura me hizo “actuar” para Sofía. Tuve que sentarme, dar la pata, rodar, todo mientras ellas se reían. “Qué perra tan bien entrenada”, dijo Sofía, pero su tono era condescendiente, como si estuviera hablando de un animal defectuoso. Me ordenaron tumbarme boca arriba y levantar las piernas, como si fuera a mear delante de ellas. No lo hice, pero la postura, expuesta y ridícula, fue ...
... suficiente para hacerme sentir menos que nada. “Mira qué ridícula está”, dijo Laura, y Sofía asintió. “Sí, es una perra vieja, pero al menos entretiene”. Cada palabra era un golpe, pero también me hundía más en el rol. Mi cuerpo respondía, traicionándome, y yo lo odiaba y lo amaba al mismo tiempo. El frío de la jaula era constante, un recordatorio de mi lugar. Pasaba horas allí, con el cuerpo encogido, la manta fina apenas suficiente para protegerme del metal. A veces, me dejaban más tiempo del necesario, como si quisieran que sintiera el peso de mi situación. Pensaba en Max, durmiendo en el sofá, libre, mientras yo estaba encerrada. Pensaba en las risas de Sofía, en las miradas de Carlos, en las palabras de Laura y Miguel. Todo me pesaba, pero también me mantenía en el rol. Era una perra, y eso era todo lo que importaba. Hacia el final, algo cambió. Laura y Miguel fueron más suaves, como si supieran que estaba al límite. Me sacaban de la jaula más tiempo, me dejaban descansar en una manta en el salón. Laura me acariciaba la cabeza, algo que no había hecho en días. “Buena perra”, decía, y por primera vez su tono era casi cariñoso. Pero la humillación no desaparecía. Una vez, me dieron un cuenco con sobras que habían estado en el suelo toda la mañana, con polvo y pelos de Max pegados. “Come, perra. No vas a desperdiciar comida”, dijo Miguel, y yo obedecí, sintiendo los granos de polvo en mi lengua. Otra vez, me hicieron gatear delante de otro invitado, un hombre cuyo nombre no ...