-
Intercambio entre hermanas - completo (cap. 03)
Fecha: 04/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Abel Santos, Fuente: TodoRelatos
... derecha? —Era con la izquierda… la derecha era la que sujetaba la revista. Ana hizo un gesto como de «has acertado» y le pedí explicaciones. —¿Por qué lo preguntas? ¿Querías pillarme? —Pues… el caso es que yo no soy zurda, sino diestra… Pero, cuando me… toco… lo hago con la mano izquierda… —se puso más colorada aún de lo que ya estaba y rió avergonzada. —Pues ya ves que no te estoy mintiendo… Aunque en ningún momento me pregunté por qué lo hacías con una mano u otra. —Sigue… ¿cómo lo hacía…? —Pues lo que vi es que utilizabas dos dedos para acariciarte la rajita: el anular y el índice. Los tenías muy estirados, casi tiesos, y recorrías el coñito por encima de la tela de abajo arriba y de arriba abajo con una gran suavidad, como si pudiera romperse. —Qué vergüenza, por dios… —Se tapaba los ojos con las manos, aunque con los dedos abiertos para mirarme—. ¿Se me notaba la… rajita… por debajo de los leotardos…? —Totalmente. Al tocarte habías empujado la tela hacia abajo y la hendidura del chochito se veía perfectamente. La estampa era preciosa, por cierto. Fíjate la paradoja… Tú con tus miedos de ser una niña fea… y yo te estaba viendo allí, con aquel cuerpo tan bonito, como dibujada por un pintor extraordinario. —Sigue… venga… ¿qué pasó luego? —Cuando tiraste la revista de los chicos musculosos, empezaste a tocarte con mayor velocidad, como enajenada… Con la mano derecha, mientras, te tocabas una de las tetitas por debajo de la blusa. La habías ...
... sacado para poder hacerlo y pude ver que era pequeña y preciosa, te cabía entera en la mano. La apretabas con dureza, como si apretaras una pelota de goma maciza, y pensé que ibas a hacerte daño. —Sí, sí… —rió con risa queda—. No veas que daño… —Y entonces empezaste a gemir de nuevo. Lo hacías bajito, como un bebé. Sabía que no habías notado que la puerta se había quedado solo entornada y, como de fuera no venía ninguna claridad ni ruido, te dedicabas a lo tuyo sin sentir vergüenza. —No te creas —me aclaró—. Sabía que aquella puerta a veces no quedaba encajada y que se abría por su cuenta. Supuse que algún día me llevaría un disgusto por su culpa, aunque nunca llegó a pasar… O eso pensaba… —Si quieres, paro… —No, sigue… Total… ya qué más da… —El ceño se le había fruncido. —Hubo un momento en que pensé que allí sobraba —proseguí mi relato—, que de alguna manera ya lo había visto todo y que conocía el final de aquella historia. Así que decidí marcharme tan silenciosamente como había llegado. —¿Y… te fuiste…? —No… no llegué a hacerlo. No fui capaz. Cuando iba a dar el primer paso, vi que te movías y mi atención volvió hacia ti. Y me quedé petrificado de nuevo. —¿Qué hice…? Tragué saliva recordando el momento. —Pues… arqueaste el cuerpo levantando la cadera, metiste los dos pulgares de tus manos por los laterales de los leotardos y de un tirón te bajaste las bragas y las medias a la vez, dejándolas a medio muslo. Observé bajar por su sien una ...