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Intercambio entre hermanas - completo (cap. 03)
Fecha: 04/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Abel Santos, Fuente: TodoRelatos
... gota de sudor y Ana se la quitó de un plumazo, intentando disimular. A pesar de ello, no consiguió evitar que la viera, y me di cuenta de que mi historia iba elevando su temperatura por momentos. —Ostras… ¿me viste el… eso…? —En primer plano… Ana se pasó la lengua por los labios. También había pequeñas gotas de sudor sobre el superior. —¿Y… cómo era…? ¿Te… gustó? —Sí… aunque más que gustarme, me maravilló… —confesé con ojos soñadores—. Era tan… pequeño, tan dulce, tan infantil… con solo unos ralos pelitos que de tan rubios casi ni se veían… Te aseguro que era el conejito más bello que había visto nunca. Ana bebió el último sorbo de su tequila de un trago y me miró sin decir nada. Esperaba que siguiera mi relato. Y no me hice esperar. —Habías llegado a la fase final. Respirabas muy agitada y tu cadera daba pequeños saltos sobre el sofá. Las piernas las habías doblado y ahora las rodillas se unían y se separaban de forma alterna. La mano izquierda era un torbellino sobre tu coñito y la derecha ya solo se ocupaba de sobarte las tetas, sobre todo la más alejada del brazo, y de apretarla como si en ello te fuera la vida. —Estaba a punto de correrme, supongo… —Eso es… Y yo lo notaba… —le confirmé. —¿Y entonces…? —Un par de minutos después de bajarte los leotardos, tu orgasmo empezó a matarte de gusto con subidas y bajadas que te hacían saltar sobre el sofá. Las rodillas las levantabas hacia la cara. La mano izquierda se movía sin control, con dos ...
... dedos dentro de tu chochito que entraban y salían de él de forma compulsiva. La derecha la bajaste para ayudar a la otra en la entrepierna. Y, por fin, la espalda se te arqueó y alzaste la cara hacia mí. Tenías los ojos y los labios muy apretados, en pleno subidón del clímax. Aunque en los últimos momentos abriste la boca porque parecía que te faltaba el aire. Te quedaste inmóvil en esa postura durante uno… dos… tres segundos… »Después, el cuello lo doblaste de un tirón involuntario y la cabeza se elevó de nuevo, pero hacia delante esta vez. Cuando empezaron los espasmos en las caderas, yo ya no podía verte la cara. Las piernas parecían tener vida propia y se abrían y se cerraban alocadas. Tus sacudidas me parecieron interminables. Pensé que era la fuerza de la juventud, porque la tensión de todos los músculos de tu cuerpo duró una eternidad antes de la relajación final. Te envidié por ello. «¡Quién pudiera sentir lo que Ana siente en estos momentos!», te juro que pensé. —Te creo… te creo… —dijo Ana con voz ahogada y me sacó de mi aturdimiento. Había estado hablando conmigo mismo sin darme cuenta y solo su voz consiguió sacarme del trance. Lo que vi al retornar a la realidad era una estampa inaudita. La mano derecha de Ana estaba escondida bajo la mesa, seguramente entre sus muslos. Con la izquierda sujetaba su cabeza bajo la barbilla muy echada hacia adelante y me tapaba la visión del brazo «pecador». Por la posición que teníamos en el sillón, se había visto obligada ...