-
Fany, la cornuda, capítulo 6
Fecha: 11/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Homelander, Fuente: TodoRelatos
... recorría los brazos. —¿A dónde vamos? —preguntó ella con voz suave, sin verdadera urgencia por saber. —Ya verás —respondió él, con esa media sonrisa que parecía prometer cosas sin decir nada. Caminaron así por calles arboladas, bordeando casas viejas con enredaderas, negocios cerrando lentamente, faroles ya encendidos. Hasta que llegaron a un jardín escondido, uno de esos jardines grandes que nadie nota a menos que lo busque. Con árboles altos, pasto grueso y esponjoso, más grande de lo que pensarías que habría en medio de una zona residencial. Con bancas de hierro envejecido y faroles cálidos. Una glorieta al fondo, y senderos torcidos como de cuento. Mario la guio hasta el rincón más apartado del jardín, un pequeño lugar rodeado de arbustos y árboles altos. Había una banca ahí, algo vieja, con la pintura desconchada. Se sentó con naturalidad, como si lo hiciera a diario. Paulina lo miró un segundo, dudando. Luego se sentó a su lado. Ella consultó el reloj de su celular. La hora ya la ponía un poco nerviosa. —Es tarde… ya debería irme —dijo, aunque su voz no tenía firmeza. Mario asintió con calma, sin moverse. —Sí, sí. Yo te llevo. Pedimos taxi aquí afuerita, no te preocupes… pero antes tienes que ver algo. Paulina arqueó una ceja, curiosa. Mario abrió su mochila con parsimonia, hurgó entre sus cosas y sacó una bolsita con nueces partidas a mano. —¿Traes… nueces? —Siempre traigo —dijo con una sonrisa traviesa. Ella iba a preguntarle para ...
... qué, pero se detuvo cuando lo vio hacer algo extraño. Tomó una nuez entre los dedos, la acercó a sus labios, y empezó a hacer un sonido muy particular, una combinación de pequeños chasquidos con la lengua, dientes y labios. No era fuerte, pero sí insistente. Luego, caminó unos pasos hasta un árbol cercano, se agachó y dejó la nuez en el pasto, justo al pie del tronco. —¿Qué haces? —preguntó Paulina, aún sentada, divertida. —Shhh… Volvió a sentarse a su lado, sin dejar de mirar el árbol. Pasaron unos segundos. Nada. Ella estaba por reírse, decirle que estaba loco, cuando escucharon un crujido muy leve entre las hojas. Una ramita se movió. Y entonces, bajando lentamente por el tronco, apareció una ardilla. Pequeña, de pelaje castaño claro y vientre blanco, con una cola larga como pincel y ojos grandes y oscuros que parpadeaban con cautela. Paulina abrió los ojos, sorprendida. —¡No inventes! —La vi hace como dos semanas. La llamé un día y bajó. Desde entonces, le dejo nueces si paso por aquí. La ardilla se acercó con pasos diminutos, nerviosa pero determinada. Olfateó la nuez, la tomó entre sus patitas delanteras y la mordió con una rapidez mecánica, casi voraz. Sus ojos brillaban, su cuerpo se tensaba como si en cualquier momento fuera a huir. —Está preciosa… —susurró Paulina, embobada. —¿Verdad? A veces viene con otra más chiquita. Creo que son hermanas. O mamá e hija, no sé. —Parece un peluche. La ardilla terminó la nuez en segundos, se limpió ...