1. El círculo. Cap.28. Debajo del sol de plomo


    Fecha: 17/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos

    ... presentable”.
    
    Valeria sonrió sin levantar la vista del plato. Pinchó un trozo de papaya.
    
    —Sí, claro. Yo también me pongo encaje cuando voy a pelear con el del aceite.
    
    Isabella se sonrojó. No como una adolescente, sino como alguien que no esperaba tener que explicar nada. Se recargó contra la barra de la cocina, cruzando los brazos.
    
    —¿Y tú? ¿Qué planes? —dijo con voz fingidamente casual.
    
    Valeria se encogió de hombros.
    
    —Pilates en una hora. Dentista a la una. Mitin con César en Lindavista a las seis. Y cena con Lorenzo en la noche.
    
    —O sea, día completo.
    
    —Como siempre. No todos tenemos la dicha de andar por ahí en tacones y con lencería bonita pretextando juntas con amigas.
    
    Isabella rodó los ojos y trató de sonreír.
    
    —No inventes cosas.
    
    —Yo no invento. Nomás observo. Y de paso, te recuerdo que si ese encaje termina roto como la vez pasada, no me vengas a llorar. Esa lencería la compramos juntas en Nueva York. Me voy a enojar si la maltratas.
    
    —¡Valeria!
    
    —Nada más dile a tu galán que se serene. Que sea cuidadoso. Eso también es parte del encanto, ¿no?
    
    Isabella la miró, entre escandalizada y divertida.
    
    —No es lo que tú crees.
    
    —¿Ah, no? Entonces... ¿por qué te perfumaste dos veces?
    
    Hubo un silencio corto, cómplice. El tipo de pausa que solo existe entre mujeres que se saben más allá del juicio. Isabella bajó la mirada, medio derrotada, medio feliz. Valeria la observó unos segundos y dio el último trago a su café.
    
    —Bueno, ya me ...
    ... voy. No quiero llegar tarde a que me griten “actitud” en Pilates mientras me sacan el aire.
    
    —Te veo mañana, entonces.
    
    —Ajá.
    
    Valeria ya estaba en la puerta cuando se detuvo, como si recordara algo a medias. Se dio vuelta, alzó una ceja.
    
    —Y cuídate tú también... porque la que te van a arreglar no es la camioneta, mamá.
    
    Isabella se cubrió la cara con ambas manos, murmurando algo entre risas y vergüenza. Valeria soltó una carcajada de esas limpias, de esas que no traen veneno. Después salió del departamento, con pasos seguros y un aire travieso. Isabella se quedó sola un momento, mirando su taza de café, aún caliente.
    
    Suspiró. Y sonrió.
    
    La casa de Darío quedaba al fondo de una calle cerrada en San Ángel, donde los árboles eran altos y viejos, y las sombras se alargaban sobre los adoquines como presagios. No era una mansión, pero sí una casa con historia: techos altos, paredes gruesas, cuadros discretos, y una colección de libros que trepaba sin pudor por las estanterías. Todo olía a madera, a café tostado y a una soledad ordenada.
    
    Isabella llegó con una bolsa de tela colgada del hombro, el cabello suelto y esa blusa blanca que a Darío le gustaba porque se abría apenas al inclinarse. Llevaba vino tinto, albahaca fresca, y una receta que no cocinaba desde hacía años: pasta con ajo y camarones al limón.
    
    —¿De verdad vas a cocinar? —preguntó él, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa ladeada.
    
    —¿Por qué te sorprende tanto?
    
    —Porque siempre dices ...