1. El círculo. Cap.28. Debajo del sol de plomo


    Fecha: 17/06/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos

    ... que “una mujer inteligente delega lo que no domina”.
    
    —Hoy quiero ser una mujer normal. De las que pican cebolla y lloran.
    
    —Si lloras, que sea por lo rico que besas.
    
    Se acercó y la abrazó por la cintura, pero Isabella puso la palma en su pecho y se deslizó hacia la cocina.
    
    —Primero cena. Luego lo otro. No todo se trata de meter las manos, Darío.
    
    Él rió y se dejó caer en uno de los taburetes junto a la barra. La observó mientras se movía entre los sartenes, buscando dónde estaba la sal, oliendo las especias, probando con la punta del dedo. Isabella cocinaba como quien improvisa un poema: sin receta, pero con ritmo. El vapor le enrojecía las mejillas, y sus movimientos eran lentos, sensuales, casi como si estuviera bailando con el fuego.
    
    —¿Sabes qué es lo más sexy que he visto en meses?
    
    —¿Qué?
    
    —Esa forma en que cortas el perejil.
    
    —Cállate.
    
    —Juro que quiero casarme con esa tabla de picar.
    
    La cena fue sencilla. Un plato hondo con pasta tibia, camarones dorados, pan rústico. Se sirvieron vino. Hablaron poco. Había algo en el ambiente que volvía innecesarias las palabras. Una especie de tregua entre el mundo y ellos.
    
    Después, sin decir nada, Darío tomó el plato de Isabella y lo dejó en el fregadero. Volvió, la tomó de la mano, y la llevó hasta el sillón amplio del estudio. Ella se dejó llevar.
    
    Allí, entre cojines oscuros y luz tenue, se besaron. No fue un beso de cortesía. Fue un reconocimiento. Un reclamo. Un permiso. Las manos de Darío le ...
    ... recorrían la espalda como si buscaran memorias escondidas. Isabella respondía con hambre, con precisión. Se reían entre besos, se decían cosas al oído que no necesitaban interpretación.
    
    Se desvistieron lento, como si ya no tuvieran prisa. Como si por primera vez todo estuviera permitido.
    
    Darío se recostó en el sofá, ella lo acarició primero y luego se montó en él. Sin prisa, disfrutándolo, abrazándolo con sus entrañas, gimiendo y moviéndose lento. El calor en sus mejillas la hizo sonreir. Isabella no dejaba de moverse encima de él.
    
    Darío acariciaba sus senos, su vientre, le embriagaba el taco su piel tersa, delicada. La veía ahí, arriba de el, sudando y con el gesto alterado. El solo sonreía, la besaba. Cuando llegó ella al orgasmo, el apretó más fuerte su seno izquierdo y clavó sus dedos de la otra mano en su caderas.
    
    Después, el cuerpo de ella quedó semi recostado entre los muslos de él, su cabeza en su pecho, el encaje negro desordenado sobre el suelo. La piel de ambos brillaba apenas, y las piernas se enredaban sin pudor.
    
    El vino se había enfriado. La música seguía sonando, lejana, como si la casa misma supiera guardar silencio.
    
    Y ahí, justo antes de dormirse, Darío acarició el cabello de Isabella con los dedos abiertos. La besó en la frente y murmuró, sin saber que ella aún estaba despierta:
    
    —Mi mujer…
    
    Isabella no abrió los ojos. No se movió. Solo sonrió para sí misma, como quien escucha una promesa en voz baja. No dijo nada. No hacía falta.
    
    Esa ...