1. Hipnosis erótica II 5: interrogando a mamá


    Fecha: 26/06/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos

    ... cuando la corrí, lo hice lento, sin apuro, como si el vapor mismo fuera cediendo el paso a una revelación.
    
    Y ahí estaba.
    
    Mamá, con el cuerpo empapado, en pelotas.
    
    Bajo el chorro de agua que le caía directo sobre las tetas, con el pelo largo pegado a la espalda, los ojos entrecerrados, la boca entreabierta. Estaba de pie, con la espalda recta y los brazos caídos a los costados, sin cubrirse, sin replegarse, sin inmutarse por mi presencia.
    
    Tenía los hombros ligeramente hacia atrás, lo que hacía que sus senos lucieran espectacular, redondos, perfectos, con los pezones oscuros y firmes. El agua le resbalaba por la clavícula, le bajaba por el vientre plano, le recorría los muslos, se enredaba en el vello húmedo de su pubis. Todo su cuerpo brillaba con una sensualidad tan brutal que me cortaba el aire.
    
    Tragué saliva. Sentí cómo me latía la verga dentro del pantalón, dura, pulsando, viva. Me quedé ahí, como un intruso que, en realidad, había sido el arquitecto de esa escena, como el director de una obra que recién en ese instante veía tomar forma.
    
    —¿Y después qué pasó? —pregunté, con la voz grave, apenas quebrada.
    
    Ella parpadeó lento.
    
    —Me empezó a desvestir. Me desabrochó el vestido. Me lo sacó por los hombros. Después bajó el cierre. Me besó el cuello mientras lo hacía. Me dijo que tenía la piel suave. Que le encantaba.
    
    —¿Y vos qué hiciste?
    
    —Le desabroché la camisa. Se la saqué. Después los pantalones. Nos quedamos los dos en ropa interior. A él ...
    ... se le notaba la erección, como a vos ahora. Me besó los senos por encima del corpiño. Me los apretó. Me dijo que le gustaban. Que tenía unas hermosas tetas.
    
    Mis manos temblaban. Las tenía apretadas contra los costados del lavabo, como si necesitara algo a lo que aferrarme para no estallar. Todo lo que decía me generaba una mezcla enferma de odio y deseo, de impotencia y fascinación. Me costaba respirar. Me ardían los ojos.
    
    —Seguí contando —insistí.
    
    —Sí. Con una mano me acariciaba los muslos. Con la otra me bajó la tanga. Me rozó con los dedos.
    
    —¿Y vos?
    
    —Yo le saqué el bóxer. Tenía el pene grande. Se lo toqué.
    
    —¿Y cómo se sintió?
    
    —No sé… duro. Es raro tocar un pedazo de carne tan dura. Siempre me gustó hacerlo. Me divierte.
    
    —Te divierte tocar pijas —dije.
    
    —Sí —reconoció ella—. Sobre todo, me gusta sentir cómo se endurecen en mi mano. Pero él ya la tenía dura.
    
    Tuve que cerrar los ojos por un momento. Me di cuenta de que mi mano se había cerrado, formando un puño.
    
    —¿Y después?
    
    —Me levantó, me llevó hasta la cama. Me acostó. Me abrió las piernas. Me hizo sexo oral. Yo gemí.
    
    —Te chupó la concha —dije, aunque ella misma me lo acababa de decir.
    
    —Sí.
    
    —Seguí.
    
    —Después de que me chupó la concha —continuó, con esa cadencia suave que tenía cuando hablaba medio dormida o distraída, pero que ahora era puro trance—, subió por mi cuerpo. Me besó la panza, las tetas, el cuello. Yo tenía los ojos cerrados. Sentía todo con mucha intensidad. Me ...
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