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Tres copas
Fecha: 04/07/2026, Categorías: Sexo en Grupo Autor: LucasDario, Fuente: TodoRelatos
... leve inclinación, aún sosteniendo la mirada, sin querer romper del todo ese hilo invisible que los unía—. Ya empezamos a recoger. Sofía asintió con una sonrisa tranquila, pero no contestó. Se quedó con la taza en las manos, observando cómo él se alejaba con paso contenido, como si tampoco quisiera marcharse demasiado rápido. Lo vio perderse entre las sombras suaves del jardín, donde otros camareros empezaban a desmontar discretamente el escenario de la noche. Suspiró. Parte de ella pensaba que ya era suficiente. Que estaba bien así. Una noche elegante, un par de gestos bonitos, un poco de emoción sin consecuencias. Era lo más sensato: dar las gracias mentalmente, coger su coche y volver a casa con la dignidad intacta y el corazón apenas alterado. Pero algo la retenía. O más bien, alguien. Al girar la vista hacia la zona de la piscina, lo vio a lo lejos: el otro camarero, el de la barba y la mirada templada. Estaba encorvado sobre una mesa auxiliar, recogiendo copas vacías y alineando botellas medio llenas. Había algo en la manera en que sus brazos se movían, en la forma relajada de su cuerpo, que parecía envolver el aire a su alrededor. Sofía no lo pensó demasiado. No quería pensarlo. Se encaminó hacia él despacio, sin ruido. Cuando estuvo a apenas un par de pasos, él la sintió y se giró. La reconoció al instante, y una sonrisa levemente torcida, casi cómplice, le cruzó el rostro. —¿No se ha marchado todavía? —preguntó con voz grave y algo ronca, que parecía ...
... surgirle directamente del pecho. —Estaba a punto —respondió ella, clavando los ojos en los suyos—. Pero antes quería darte las gracias. A ti también. —¿Por qué? —Por lo mismo que a tu compañero. Estáis consiguiendo que esta noche no sea tan aburrida como parecía al principio. Él dejó con cuidado la botella que tenía en la mano y cruzó los brazos, mirándola con cierto descaro tranquilo, sin resultar grosero. —Entonces me alegro de no haberme comportado como un camarero perfecto. La frase la sorprendió. No tanto por el contenido, sino por cómo la dijo. Su voz era un tacto, una caricia sutil que le recorría la espalda. Y la barba, bien cuidada pero muy poblada, sumaba al efecto una especie de fuerza discreta que la desarmaba sin esfuerzo. Sofía se dio cuenta de que estaba a punto de perder la cordura. No por lo que él decía, sino por lo que despertaba en ella sin decir nada. Una parte de su mente seguía intentando recordarle quién era, cuántos años tenía, qué estaba haciendo allí. Pero el resto —ese resto cálido, impulsivo, vivo— solo quería escucharle un poco más. O tocarle. O quedarse así, suspendida en ese instante lleno de posibilidades. Y no sabía cuánto más podría resistirse. Él bajó un poco la voz, como si no quisiera que nadie más le oyera, aunque ya apenas quedaban murmullos en la casa. La fiesta se deshacía como un castillo de arena cuando sube la marea. —Supongo que una mujer como tú... se marchará pronto a casa —dijo él, sin énfasis, ...