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Fiebre de juventud
Fecha: 14/07/2026, Categorías: Incesto Autor: Shrink2b, Fuente: TodoRelatos
Fiebre de juventud (primera parte) Inés era la mamá que nadie pasaba por alto: elegante, con una figura envidiable y ese toque juvenil que desafiaba la edad. En redes sociales se había vuelto toda una sensación; sus publicaciones solían arrancar suspiros y comentarios, sobre todo cuando acompañaba selfies coquetas con frases como “ya se antoja la playita”. Su estilo atrevido y seguro de sí misma la hacía ver más como una influencer que como una madre tradicional. María, en cambio, era el contraste perfecto. La hija mayor, de belleza dulce y natural, irradiaba frescura y simpatía. Todos la miraban, todos la deseaban, pero ella mantenía un porte impecable, con los pies bien plantados y una conducta intachable. Era la chica ideal, la que parecía inalcanzable pese a su cercanía. Iván, el menor de los tres, tenía otra energía. Con su cuerpo trabajado al límite en el gimnasio y una presencia fuerte, se había convertido en un imán en cualquier lugar donde entraba. Sin embargo, había algo que lo distinguía más allá de sus músculos: el celo casi instintivo con el que vigilaba a las dos mujeres de su vida. Iván sabía que tanto Inés como María atraían todas las miradas, y no podía evitar que la sangre le hirviera al notar lo evidente. Juntos formaban un trío que llamaba la atención en cualquier sitio: la mamá sexy y segura de sí misma, la hija ejemplar y deseada, y el hermano musculoso que no toleraba verlas como objeto de deseo de los demás. El trío familiar era un ...
... imán de miradas, sus dinámicas un frasco de cristal donde todos podían ver, pero nadie podía tocar. Excepto Iván. Él estaba en el interior, y la presión de ver cómo el mundo devoraba con los ojos a su madre y a su hermana había quebrado algo en su interior. La posesión, cruda y absoluta, se convirtió en la única salida lógica para su mente perturbada por el deseo y los celos. Ya no bastaba con vigilar; necesitaba reclamar, marcar, poseer. Con María, la fricción era su juego favorito. Sus interacciones, aparentemente fraternales, eran el campo de entrenamiento de su lujuria. La agarraba por la cintura cuando pasaba frente a él, fingiendo una pelea juguetona. Sus manos, fuertes y rudas por el gimnasio, se cerraban alrededor de su delgada estructura, y mientras ella forcejeaba con una risa nerviosa, sus dedos se deslizaban con precisión criminal. Recorría el costado de su seno, la curva de su cadera, la firmeza de sus glúteos, todo en un instante robado bajo la máscara de la travesura. “Qué buena estás, hermanita… Justo como el médico me las receta”, pensaba, con una sonrisa interna que jamás llegaba a sus labios. María, por su parte, nadaba en una confusión dulce y alarmante. La fuerza de Iván era un muro de calor y poder. Su pecho, ancho y duro como una losa de mármol caliente, la inmovilizaba. Sus brazos, verdaderas columnas de roble, la envolvían con una seguridad que la hacía sentirse a la vez vulnerable y extrañamente protegida. Una sensación nueva, un cosquilleo ...