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Fiebre de juventud
Fecha: 14/07/2026, Categorías: Incesto Autor: Shrink2b, Fuente: TodoRelatos
... eléctrico que le erizaba la piel y le aceleraba el corazón, comenzaba a anidar en lo más profundo de su vientre. Era una lucha que secretamente no quería ganar. Hasta que llegó aquella tarde. Él la inmovilizó contra la pared del pasillo, su risa era la cortina perfecta. Ella forcejeó, como siempre, pero esta vez la presión fue diferente. Más íntima, más deliberada. Y entonces lo sintió. A través de la tela de sus shorts y de su leggings, la forma inequívoca, dura, abrumadoramente grande y gruesa de su erección se imprimió en el surco perfecto de sus nalgas. Era un anuncio de piedra de su intención más obscena. María se paralizó. Todo el aire escapó de sus pulmones. La lucha cesó de golpe, reemplazada por un shock silencioso que la congeló. Iván, lejos de retroceder, interpretó su quietud como una rendición tácita. Con un movimiento pélvico lento, deliberado y brutalmente sensual, comenzó a frotar su miembro rígido contra ella. La fricción era un fuego lento que le recorrió la columna y le arrancó, para su propio horror, un gemido bajo, ronco, un sonido que jamás había salido de su boca. Fue ese sonido, ese quejido cargado de un placer que no entendía, el que atravesó la casa. —¡Iván! —la voz de Inés cortó el aire como un cuchillo, llegando desde la puerta de la cocina—. Deja de molestar a tu hermana. La orden fue firme, pero con un tono que ya no era el de una madre regañando a un niño. Iván la liberó de inmediato, con una calma exasperante. María no miró a ...
... nadie. Caminó hacia su habitación con las piernas temblorosas, sintiendo aún la ardiente huella de él entre sus nalgas, la humedad vergonzosa en su ropa interior y el eco de su propio gemido avergonzándola. Iván, en cambio, se volvió hacia su madre con una sonrisa desafiante. Se acercó a ella y, como ya era su costumbre, le plantó un beso. No fue en la mejilla. Fue en esa delgada línea peligrosa, justo en la comisura de sus labios, donde el cariño filial se desdibujaba y comenzaba el territorio del amante. A Inés, la primera vez que Iván la besó allí, un escalofrío de alerta le había recorrido el cuerpo. “Fue un descuido, se equivocó”, se dijo. La segunda vez, el escalofrío fue diferente, más cálido, y lo justificó con un “Es cariñoso, eso es todo”. Para la tercera y cuarta vez, la costumbre había normalizado lo anormal. Su cuerpo, traicionero, había empezado a anticipar esos besos. A los cuarenta y tantos, elegante, deseada pero profundamente sola, su piel tenía una memoria distinta a la de su mente. Las duchas frías ya no bastaban para apagar el calor que la recorría en las noches silenciosas. Cuando los labios de su hijo rozaban ese punto, su cuerpo cedía automáticamente. Su mente, en un acto de supervivencia lujuriosa, comenzaba a borrar la etiqueta de "hijo" para pegarle la de "hombre". Un hombre joven, atlético, con una fuerza varonil que emanaba de él en oleadas y ante el cual su voluntad de hierro se volvía inexplicablemente débil. Como aquella vez que, ...