-
Después del suelo (1)
Fecha: 25/07/2026, Categorías: Incesto Autor: PerseoRelatos, Fuente: TodoRelatos
... brazos por debajo de las axilas y erguirlo con un tirón seco. Ray se sintió ligero, translúcido, como si su madre pudiera cargarlo con una sola mano. Lo sentó en el borde de la bañera y, sin ceremonia, le retiró la ropa interior. El pene, flácido y dormido tras años de desuso, colgaba entre las piernas con una dignidad postiza. Ray desvió la vista al techo, contando las manchas de humedad que la reforma del baño no había logrado eliminar. Vero abrió el grifo y reguló la temperatura del agua con precisión de ingeniera. Cuando la bañera estuvo llena hasta la mitad, empujó a Ray con cuidado dentro de ella, sujetándolo por los hombros para evitar que se deslizara bajo la superficie. El agua tibia envolvió su cuerpo en un capullo de placer anestesiado. La madre se arrodilló junto a la bañera y hundió la esponja en el gel de ducha. Comenzó por el cuello, descendiendo con movimientos concéntricos por los hombros, el pecho, los brazos. Ray cerró los ojos, cediendo a la evidencia de que había perdido el control sobre todo, incluso su propio pudor. Cuando la esponja se acercó a la entrepierna, Vero vaciló una fracción de segundo antes de proceder. Su rostro se tiñó de rojo, pero la mano no tembló. Lavó el pubis y el pene con la misma eficiencia metódica que el resto del cuerpo, exprimiendo la esponja sobre los testículos para eliminar la espuma. Ray, entonces, percibió algo nuevo: su miembro. Y es que a pesar del coma y toda esa mierda, la adolescencia había obrado ...
... maravillas en él. Vero retiró la esponja y continuó con las piernas, terminando en los pies, que secó con una toalla pequeña. Ayudó a Ray a salir de la bañera con la misma parsimonia con la que lo había desnudado. Lo secó con firmeza, golpeando con la palma para estimular la circulación, y después le colocó una camiseta limpia y un pantalón deportivo de algodón. Ray se dejó hacer, abismado en la resignación. Cuando estuvo vestido, Vero volvió a cargarlo en la silla y lo llevó al dormitorio, donde una cama matrimonial había sido reconvertida en cama hospitalaria: barandas laterales, sábanas blancas, almohadas ortopédicas. —Dormiremos aquí juntos hasta que recuperes fuerzas —dijo Vero, acomodando las almohadas detrás de la espalda de Ray—. Así podré ayudarte si necesitas algo de noche. Ray asintió sin emitir sonido. Miró el techo, luego a su madre, luego el techo de nuevo. El aroma a gel de ducha y la humedad de la toalla recién usada saturaron el aire, sellando el cuarto con una intimidad forzada e inevitable. Vero le acarició la frente con dedos que temblaban apenas. Luego apagó la luz y cerró la puerta, dejándolo en una penumbra que por primera vez en mucho tiempo se sintió, si no acogedora, al menos reconocible. El progreso se midió en centímetros y segundos, nunca en días ni en gestos heroicos. Una semana después del regreso, Ray ya era capaz de erguirse casi por sí mismo en la cama (o al menos, podía permanecer sentado sin el riesgo perpetuo de ...