-
La Puta del Sr. Alcalde
Fecha: 10/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Deva Nandiny, Fuente: TodoRelatos
... pegaba. Y, cuando su mano subió hasta mi pecho y me lo apretó por encima del vestido, solté un gemido, corto, entrecortado. Uno de esos que no piensas. Que solo se escapan. —Qué tetas más ricas tienes, Carmen —me dijo con voz ronca, bajita—. Siempre lo pensé. Siempre quise saber cómo se sienten en la mano. Me dio vergüenza. Pero también me dio morbo. Mucho. Porque no era una caricia suave, romántica. Era un manoseo descarado, urgente, masculino. Y yo… yo me dejé. —Paco… —Susurré, intentando frenarlo sin ganas—. Esto no está bien, soy una mujer casada. —¿Qué pasa, Carmen? ¿Tienes miedo de que se entere tu marido? —se rió al oído—. Si supiera cómo te estás mojando ahora mismo… No dije nada. Solo lo miré. Y él lo supo. —¿Quieres que siga? —preguntó. Yo asentí. Y su mano bajó, lenta, decidida. Me subió el vestido con una naturalidad que asustaba. Metió la palma entre mis muslos, y lo sintió. —Dios mío… Tienes el coño empapado. Yo cerré los ojos. No podía creer lo que estaba haciendo. En medio del pueblo. Con el alcalde. Con un hombre que no era mi marido. Ni siquiera me gustaba física ni mentalmente. Era un bruto de pueblo, un solterón que a los cincuenta años vivía con una hermana y con su madre. —Eres una guarra escondida, ¿eh? —dijo con una sonrisa torcida—. Una puta calladita que llevaba años esperando esto. Y lo peor —o lo mejor— es que tenía razón. —Vamos a las antiguas escuelas —me dijo de pronto, cogiéndome de la mano como si ...
... tuviera todo el derecho del mundo. Me frené en seco. —No, Paco. Por favor. Estoy casada. Tengo dos hijas. Esto… esto ya se nos ha ido de las manos. Se rió. Una risa grave, de hombre al que no le asusta la culpa. Dio un paso hacia mí y, cogiéndome la mano, se la puso en la entrepierna. —¿Y me vas a dejar así? Vamos, mujer… No seas calientapollas. Me dejas tocarte un poco las tetas, me haces una paja y todos tan contentos. No es tan grave. Seguro que mañana se nos ha olvidado a los dos. Me quedé helada. Y, sin embargo, no lo aparté. Me sentía sucia. Pero también deseada. Necesitada. Como si por fin alguien viera esa parte de mí que llevaba años dormida. Lo palpé; estaba muy duro. Hinchado. Palpitante bajo el pantalón. Un bulto enorme, tenso, que no dejaba lugar a dudas. Me temblaron los dedos. —¿Ves lo que me haces? —murmuró, apretándome un poco más contra él—. Mira cómo me pones con solo mirarte. Me ardieron las mejillas. No por pudor, sino por la súbita certeza de que aquella polla —grande, pesada y caliente como un animal acorralado— estaba así por mí. Por una mujer como yo, casada, madre de dos hijas, con las tetas sujetas por un sujetador barato y el deseo dormido desde hacía años. Asentí sin palabras. —Solo una paja —le advertí, sintiéndome como una adolescente—. Te hago correr y nos vamos. —No reconocí mi voz, la que hablaba no era yo. Nos dirigimos hacia las antiguas escuelas del pueblo, caminando por detrás de las casas, esquivando el bar de la ...