1. El círculo. Cap.32. La elección por el escaño


    Fecha: 23/08/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos

    ... de niña. Pero una punzada de inquietud la hizo retroceder. No sabía por qué, pero no podía quitarle los ojos de encima.
    
    ¿Era una amenaza? ¿Una advertencia? ¿Una casualidad? ¿Una locura más del sur de la ciudad? ¿Una señal del Círculo —el otro, el real, el que estaba detrás de todo—?
    
    Se quedó ahí, inmóvil, respirando hondo. Sabía que si alguien la viera, pensaría que estaba loca. Una candidata al Senado, sola, observando una coladera pintada con gis a las cinco y media de la mañana. Pero había algo en ese símbolo que se le quedaba pegado en la nuca como un susurro.
    
    Sacudió la cabeza. Y corrió. Más fuerte. Más rápido. Como si pudiera huir de lo que sentía. De esa voz muda que decía:“Todo va a cambiar.”
    
    Porque lo sabía. Aunque no pudiera explicarlo. Aunque todos a su alrededor le dijeran que iba ganando, que la ventaja era amplia, que el voto joven estaba con ella, que el escándalo del debate con Serrano había sido fatal para su campaña. A pesar de todo eso, Abril sentía que algo se le escapaba entre los dedos. Como arena.
    
    Cuando regresó a casa, casi a las seis, su madre ya estaba despierta. Tenía café recién hecho y estaba viendo el canal 11 con el volumen bajito.
    
    —¿Todo bien? —preguntó sin voltearla a ver.
    
    —Sí, mamá —respondió Abril, aún con la respiración agitada. Se secó el sudor con la manga.
    
    —Hoy es el día, hija. ¿Estás lista?
    
    Abril miró su celular. Once mensajes de su equipo. Cuatro llamadas perdidas. Una mención de la cuenta oficial del ...
    ... partido. Ni una sola palabra de Damián.
    
    —Sí —respondió ella, sin convencerse.
    
    —Hoy voy a arder. Para bien o para mal.
    
    Y subió a bañarse, sin mirar atrás.
    
    __
    
    El silencio de la mansión era distinto. No era paz, era control.
    
    La casa de César Serrano en Ciudad Satélite no olía a hogar. Olía a mármol encerado, a madera vieja barnizada cada dos semanas, a cloro de alberca, a rosas blancas recién cortadas en floreros altos y silenciosos.
    
    Valeria despertó envuelta en sábanas blancas de lino carísimo, de esas que no se arrugan ni con el insomnio. Aún tenía delineador corrido bajo los ojos y el cabello revuelto por el calor de la noche. No era su cama. No era su cuarto. Tampoco era su casa.
    
    Se estiró con pereza, dejando que la sábana resbalara lentamente por su cuerpo en pijama. Corta. De seda. Negra.
    
    No estaba sola en la habitación. Una mujer de uniforme beige, discreta y eficiente, permanecía de pie en la entrada con una carpeta en la mano.
    
    —¿Señorita Valeria? —La voz era baja, cortés—. ¿Va a desayunar con el señor?
    
    Valeria no contestó de inmediato. Cerró los ojos. Pensó. Luego se sentó, acomodando la tela sobre sus muslos.
    
    —Sí —dijo, con una voz ronca, aún medio dormida—. En el jardín a las siete, ¿te parece?
    
    —Perfecto. El señor baja a esa hora.
    
    La mujer salió en silencio. Valeria se quedó sentada en la cama, mirando por la ventana. Afuera, el cielo comenzaba a aclarar con un tono azul sucio. Se oían pájaros. Y un perro lejano.
    
    Suspiró.
    
    No ...
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