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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... aceite, su pecho rozó mi espalda. —Así? —preguntó, su voz más ronca de lo normal. —Perfecto —susurré, sin confiar en que mi voz sonara normal. Cuando se lamió los dedos para probar el tomate, observando mis labios mientras lo hacía, pensé que me iba a desmayar. «¡Por todos los santos!», pensé. «¡Este chico me va a matar!» Las compras en el mercado local se convirtieron en otro campo de batalla para mi autocontrol. Udo insistía en acompañarme, cargando las bolsas, negociando con los vendedores en su español básico, actuando como el hombre protector que claramente quería ser. Las señoras del mercado lo adoraban. —¡Qué nieto más guapo tienes Frieda! —me decía Xesca, la vendedora de frutas—. ¡Y qué atento! —Sí —respondía yo, mientras Udo elegía melocotones con una concentración que me parecía innecesariamente sensual—. Es muy... atento. Porque lo era. Udo había desarrollado una costumbre de tocarme constantemente: una mano en la espalda baja cuando cruzábamos la calle, un brazo alrededor de mis hombros cuando hacía viento, dedos que rozaban los míos cuando me pasaba algo. Y las miradas... Dios mío, las miradas. En el puesto de Toni, el pescatero, mientras yo examinaba unos langostinos, tsentí los ojos de Udo fijos en mi escote. Cuando me enderecé, lo pillé mirando, y en lugar de apartarse avergonzado como habría hecho antes, me sostuvo la mirada con una intensidad que me hizo temblar. —¿Algo interesante? —le pregunté, tratando de sonar ...
... casual. —Muy interesante —respondió, sin apartar los ojos de mi cuerpo. Toni carraspeó, claramente incómodo con la tensión sexual que chisporroteaba entre nosotros como aceite en una sartén caliente. En el camino de vuelta, Udo caminaba tan cerca que nuestros brazos se rozaban constantemente. Cada contacto era como una pequeña descarga eléctrica que se acumulaba en mi bajo vientre. —Abuela —dijo de repente, deteniéndose en una callecita sombreada. —¿Sí? —¿Alguna vez has hecho algo... prohibido? La pregunta me golpeó como un puñetazo. Me quedé mirándolo, con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que podía oírlo. —¿A qué te refieres, cariño? —Algo que sabes que no deberías hacer, pero que deseas tanto que duele. Sus ojos verdes me perforaron, y supe exactamente de qué estaba hablando. Y supe que él sabía que yo sabía. —Udo... —comencé, pero él se acercó más. —Porque yo sí —susurró—. Y está volviéndome loco. Antes de que pudiera responder, un grupo de turistas dobló la esquina, rompiendo el hechizo. Pero mientras caminábamos el resto del camino en silencio, sus palabras resonaban en mi cabeza como una confesión que cambiaba todo. Las siestas se volvieron obligatorias por el calor aplastante del mediodía. La casa se convertía en un horno, y el único refugio era mi habitación con aire acondicionado. Ida había encontrado un lugar fresco en el salón, donde se instalaba con un ventilador y un libro. Pero Udo y yo... Udo y yo ...