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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... compartíamos la cama durante esas horas cargadas de tensión. Al principio intentamos mantener las distancias. Él se acostaba sobre las sábanas, yo debajo. Pero el calor era traicionero, y gradualmente fuimos abandonando las capas de ropa y las barreras físicas. La primera tarde, Udo se quitó la camiseta alegando que la ventilación era suficiente. Ver su torso desnudo —joven, bronceado, con esos músculos que solo se consiguen a los veintiún años— me provocó una oleada de calor que no tenía nada que ver con el clima mediterráneo. Sentí cómo mis pezones se endurecían contra la tela fina de mi camisón, y una humedad familiar comenzó a acumularse entre mis muslos. Era como si mi cuerpo hubiera despertado después de años de hibernación. Al segundo día, yo me atreví a quedarme solo en bragas y una camiseta sin sujetador. Podía sentir los ojos de Udo siguiendo cada movimiento de mis pechos cuando me daba la vuelta, y la manera en que su respiración se aceleraba cuando nuestras piernas se rozaban accidentalmente bajo las sábanas. El aire se volvía espeso, cargado de una electricidad que me hacía temblar. Para el tercer día, ya no fingíamos dormir. Udo yacía de lado, mirándome con esos ojos verdes que me quemaban la piel, mientras yo luchaba contra el impulso de tocarme. Mi cuerpo me traicionaba: podía sentir mi clítoris palpitando, mis labios hinchándose de deseo, mi interior contrayéndose en ondas que me recordaban que seguía siendo una mujer, no solo una abuela. Y ...
... él... Dios mío, él no podía ocultar nada. Su excitación era evidente bajo los boxers cada tarde, creando un bulto que me hipnotizaba. A veces se movía incómodo, tratando de ajustarse discretamente, pero yo lo veía todo. Veía cómo su erección pulsaba contra la tela, cómo se humedecía ligeramente la punta cuando nuestra tensión alcanzaba niveles insoportables. En más de una ocasión lo pillé acariciándose por encima de la ropa, creyendo que yo dormía, sus gemidos ahogados resonando en mis oídos como la más hermosa de las sinfonías prohibidas. El calor del mediodía se había convertido en nuestra tortura compartida, un ritual de seducción silenciosa donde cada suspiro, cada roce accidental, cada mirada furtiva nos acercaba más al precipicio del que sabíamos que no habría regreso. La cuarta tarde, me desperté de la siesta con Udo observándome dormir. —¿Cuánto tiempo llevas despierto? —pregunté, consciente de que mi vestido se había subido durante el sueño, mostrando más muslo del apropiado. —Un rato —respondió, sin apartar la mirada de mis piernas—. Me gusta mirarte cuando duermes. Te ves... pacífica. —¿Pacífica? —reí—. A mi edad, cualquier cosa que no sea estar muerta es una victoria. —No digas eso —su voz se volvió seria—. Eres la mujer más deseable que conozco. El aire se espesó entre nosotros. Yo sabía que debía hacer una broma, cambiar de tema, recordarle que era su abuela. Pero las palabras se me atoraron en la garganta cuando él extendió la mano y rozó mi ...