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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... importaba un comino. Pero sí me importaba. Me importaba tanto que pasé las siguientes cuatro horas como un animal enjaulado, reorganizando armarios, limpiando superficies ya limpias, y maldiciéndome por ser una vieja celosa patética. «¿Celosa de qué?», me pregunté mientras atacaba el suelo de la cocina con la fregona. «¿De que mi amiga de setenta años coquetee con mi nieto de veintiuno? ¿Qué clase de abuela pervertida soy?» Una que se había dado cuenta de que quería a Udo para ella sola, eso era. La tensión se acumulaba en mi cuerpo como vapor en una olla a presión. Cada vez que cerraba los ojos, veía las manos de Udo deslizándose por mi piel, sentía su aliento caliente en mi cuello, su erección presionando contra mí. El deseo me quemaba por dentro como un fuego que no podía apagar. «Al diablo con esto», murmuré, dejando caer la fregona. Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón latiendo como un tambor. Una vez en mi habitación, cerré la puerta con pestillo y me apoyé contra ella, respirando pesadamente. La cama deshecha aún conservaba el aroma de Udo, esa mezcla embriagadora de colonia joven y piel masculina que me volvía loca. Me desnudé lentamente, como si fuera un ritual. El vestido cayó al suelo, seguido del sujetador y las bragas húmedas que delataban mi estado de excitación. Las recogí del suelo y vi que la mancha era muy evidente. Me acerqué al espejo de cuerpo entero que dominaba la pared frente a la cama, el mismo donde me había mirado ...
... esa mañana preguntándome si seguía siendo deseable. La mujer que me devolvía la mirada era una extraña. Deshice el moño que llevaba, mi cabello blanco cayó sobre los hombros de la mujer de la imagen contrastando con su piel tostada y dándole un aspecto salvaje. Sus mejillas estaban sonrosadas, sus ojos brillaban con una lujuria que no había visto en años, y sus pezones estaban duros, erectos, pidiendo atención. Sus muslos mostraban rastros de humedad, evidencia de un deseo que ya no podía negar. «Frieda Meyer», me dije en voz alta, «eres una mujer ardiente de setenta y un años que está completamente cachonda por su nieto. Y sabes qué? Ya no te importa». Me tumbé en la cama, sintiendo cómo las sábanas frescas contrastaban con el calor de mi piel. Cerré los ojos y dejé que mi mente recreara cada momento con Udo: sus manos en mi cintura, sus labios en mi cuello, la forma en que me miraba como si fuera la mujer más hermosa del mundo. Mi mano derecha encontró mi pecho izquierdo, acariciando el pezón con la yema del pulgar de la misma manera que había imaginado que Udo lo haría. Un gemido se escapó de mis labios mientras mi mano izquierda se deslizaba lentamente por mi vientre, hacia el lugar que palpitaba de necesidad. «Udo», susurré en la habitación vacía, mientras mis dedos encontraban mi clítoris hinchado y sensible. Estaba tan mojada que mis dedos se deslizaron sin resistencia, creando un ritmo que me hizo arquear la espalda. Me imaginé que eran sus manos las ...