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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... que me tocaban, su voz la que murmuraba mi nombre contra mi oído. En mi fantasía, él me decía lo hermosa que era, lo mucho que me deseaba, cómo había soñado con este momento durante días. Mis dedos se movían más rápido ahora, mientras con la otra mano pellizaqueaba mis pezones, enviando oleadas de placer directamente a mi centro. Podía sentir el orgasmo aproximándose como una tormenta, construyéndose en mi bajo vientre con una intensidad que me dejó sin aliento. —Sí, Udo, sí —gemí, imaginando su cuerpo sobre el mío, su erección llenándome completamente—. Fóllame, por favor... El clímax me golpeó como un rayo, contrayendo todos mis músculos mientras grité su nombre una y otra vez. Oleadas de placer me recorrieron desde la cabeza hasta los pies, dejándome temblando y jadeando en las sábanas empapadas. Me quedé ahí tumbada durante varios minutos, recuperando el aliento y sintiendo cómo mi cuerpo gradualmente volvía a la realidad. Pero en lugar de sentirme satisfecha, me di cuenta de que el orgasmo solo había intensificado mi deseo por Udo. Quería más. Lo quería a él. Fue entonces cuando un pensamiento práctico cruzó mi mente. Si esto iba a suceder —y mi cuerpo ya había decidido que sí— necesitaba estar preparada. A mi edad, la lubricación natural no siempre era... suficiente. Sin pensarlo dos veces, me levanté, me vestí rápidamente y salí de la casa. El sol vespertino me golpeó la cara mientras caminaba hacia la farmacia más próxima, mis piernas aún ...
... ligeramente temblorosas por el orgasmo reciente. La farmacéutica, una mujer joven con una sonrisa amable, no parpadeó cuando le pedí lubricante personal. —Para mi... salud íntima—, murmuré, sintiendo cómo mis mejillas se enrojecían. —Por supuesto, señora. ¿Prefiere base agua o silicona? —El... el mejor que tenga—, respondí, sin tener ni idea de la diferencia. El camino de vuelta a casa se me hizo eterno. Cuando finalmente llegué, sudorosa pero extrañamente satisfecha, me senté en la terraza con mi pequeña bolsa de la farmacia. «Es solo una precaución», me dije en voz alta, como si convencer al aire mediterráneo fuera a hacer que la mentira fuera verdad. «Una mujer de mi edad debe estar preparada para... eventualidades». Pero sabía que me estaba mintiendo. Esto no era una precaución. Era una declaración de intenciones. Regresaron al atardecer, riéndose como viejos amigos. Udo ayudó a Ida a bajar del taxi con una galantería que me hizo hervir la sangre, y ella se colgó de su brazo como si fuera su acompañante oficial. —¡Frieda! —exclamó Ida, con las mejillas sonrosadas—. ¡Nos hemos divertido tanto! Conocimos a un grupo de italianos adorables en un bar de vinos, y Udo fue el perfecto embajador alemán. Tiene una labia que ya querría yo a su edad. —Qué maravilloso —dije, con una sonrisa tan falsa que me dolieron las mejillas. Udo me miró con esa expresión que ya conocía demasiado bien, como si pudiera leer mis pensamientos celosos. Cuando Ida se excusó para ...