1. Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno


    Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... de que en algún momento se había quitado la camiseta. Su torso desnudo brillaba con gotas de agua, y tenía una erección que era imposible de ocultar.
    
    —¡No está desnudo! —mentí descaradamente—. ¡Solo... solo sin camisa! ¡Para no mojarla!
    
    —Mmm —murmuró Ida—. Qué considerado.
    
    Udo me miró con una mezcla de frustración y diversión.
    
    —Continuará esto? —susurró.
    
    —Udo...
    
    —¡Ya he arreglado el agua! —gritó hacia la puerta, aunque obviamente no había arreglado nada—. ¡Sal y vístete!
    
    Me pasó una toalla con manos temblorosas, evitando mi mirada. Cuando me envolví en ella, pude ver la guerra interna en sus ojos.
    
    —Frieda... —comenzó.
    
    —Lo sé —susurré—. Yo también.
    
    Salió del baño dejándome sola con mi cuerpo ardiendo y la certeza de que habíamos cruzado otro punto de no retorno.
    
    «Si esto sigue así», pensé mientras me vestía con manos temblorosas, «voy a terminar teniendo un infarto. Y va a valer cada segundo».
    
    Esa tarde, el aire entre nosotros era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Ida, con su radar social perfectamente calibrado, había decidido explorar la vida nocturna de Palma.
    
    —He quedado con unas alemanas que conocí en el mercado —anunció después del almuerzo, aplicándose brillo labial—. Van a enseñarme los mejores bares de tapas de La Lonja. Y después, quién sabe... puede que terminemos en alguna discoteca. A mi edad, hay que aprovechar cada oportunidad de diversión.
    
    —¿Discoteca? —pregunté, incrédula.
    
    —Frieda, cariño, el mundo ...
    ... está lleno de gente interesante esperando a ser conocida. Vosotoros quedaos aquí con vuestras... tensiones. Yo voy a vivir la vida.
    
    Y se fue, dejándonos con una sonrisa que decía claramente: «Haced lo que tengáis que hacer, pero no me culpeis si la casa se incendia».
    
    Udo y yo nos quedamos en la terraza, fingiendo leer libros que ninguno de los dos estaba procesando. El silencio se extendía entre nosotros como una cuerda tensa a punto de romperse.
    
    —¿Vas a seguir fingiendo que lees? —preguntó finalmente, sin levantar la vista de su libro.
    
    —¿Vas a seguir fingiendo que no me estás mirando? —respondí, pasando una página que no había leído.
    
    Él cerró su libro y me miró directamente.
    
    —No puedo parar de pensar en esta mañana.
    
    El corazón se me aceleró inmediatamente.
    
    —Udo...
    
    —En lo que he sentod al tocarte —continuó, su voz volviéndose más grave—. En cómo sonó tu voz cuando gemiste mi nombre.
    
    Dejé caer el libro. Ya no podía fingir más.
    
    —Esto es una locura —dije, pero mi voz sonó más como una súplica que como una protesta.
    
    —¿Lo es? —se levantó y se acercó a mi tumba—. ¿O es lo más real que nos ha pasado en años?
    
    Se sentó en el borde de mi tumbona, tan cerca que podía oler su colonia mezclada con el aroma salado del mar. Sus ojos verdes me estudiaron con una intensidad que me hizo sentir como si estuviera desnuda otra vez.
    
    —Cuéntame qué sientes —susurró—. La verdad.
    
    —¿La verdad? —reí amargamente—. La verdad es que me estás volviendo loca. La ...
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