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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... verdad es que cada vez que me tocas, mi cuerpo se enciende como si tuviera veinte años. La verdad es que soy una mujer de setenta y un años fantaseando con su nieto de dieciocho, y debería estar en terapia, no aquí contigo. —¿Y qué más? —¿Qué más qué? —¿Qué más sientes? Aparte de la culpa y la confusión. Lo miré, a esos ojos que me conocían mejor de lo que debería permitir, y decidí ser completamente honesta. —Deseo —susurré—. Deseo como no había sentido en... años. Décadas. Tu abuelo murió hace cinco años, Udo, y pensé que esa parte de mí había muerto con él. Pensé que mi cuerpo era solo... un recipiente viejo que guardaba recuerdos. Sus manos encontraron las mías, entrelazando nuestros dedos. —¿Y ahora? —Ahora me siento viva otra vez. Terriblemente, imposiblemente viva. La sonrisa que me dedicó fue como salir al sol después de un invierno eterno. —Yo también —confesó—. Y no me importa si está mal. No me importa si es prohibido. Lo único que me importa es que cuando te toco, el mundo tiene sentido. Se inclinó hacia mí, y esta vez no hubo interrupciones. Su boca encontró la mía en un beso que fue diferente a los anteriores. Más lento, más profundo, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo. Cuando nos separamos, ambos estábamos temblando. —Frieda —murmuró mi nombre como una caricia—, quiero hacerte el amor. Las palabras cayeron entre nosotros como piedras en un estanque, creando ondas que no se podían deshacer. —Udo... —No ...
... aquí —se apresuró a aclarar—. No ahora. Pero quiero que sepas que es lo que deseo. Te deseo a ti, toda tú, de todas las maneras posibles. —¿Tienes idea de lo que estás diciendo? —Tengo veintiún años, no ocho —respondió con una sonrisa que me derritió—. Sé exactamente lo que estoy diciendo. —¿Y después qué? ¿Cuando tengamos que volver a Hamburgo? ¿Cuando volvamos a ser simplemente abuela y nieto? —No lo sé —admitió—. Pero prefiero tener esto, aunque sea por unos días, que pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado. Sus palabras resonaron en mi pecho como una verdad incómoda. ¿Cuántas oportunidades me quedaban en la vida? ¿Cuántas veces más iba a sentir este fuego corriendo por mis venas? —Piénsalo —susurró, levantándose—. Es todo lo que te pido. Me besó la frente con una ternura que contrastaba con la intensidad de sus palabras, y se dirigió hacia la casa. —¿Adónde vas? —pregunté. —A darme otra ducha fría —respondió sin volverse—. Muy, muy fría. Me quedé sola en la terraza, con el sol mediterráneo calentando mi piel y una decisión imposible quemándome por dentro. Esa noche, cuando Ida regresó de su excursión cultural con una sonrisa demasiado inocente y una botella de vino «para celebrar la belleza de Mallorca», supe que había llegado el momento de la verdad. Durante la cena, la tensión entre Udo y yo era tan palpable que hasta Ida, con toda su experiencia en ignorar lo obvio, no pudo fingir que no se daba cuenta. —¿Todo bien? ...