1. Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno


    Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... manos, besando mi clavícula, el valle entre mis pechos, deteniéndose para succionar suavemente la piel sensible justo debajo de mi oreja. Cada beso era como una pequeña descarga eléctrica que se acumulaba en mi bajo vientre, creando una tensión que me tenía arqueando la espalda, presionando mi cuerpo contra el suyo.
    
    Cuando finalmente su boca encontró mi pezón izquierdo, pensé que iba a desmayarme. Su lengua lo acarició con una delicadeza reverente antes de succionarlo entre sus labios, y el placer fue tan intenso que mis caderas se alzaron involuntariamente, buscando fricción contra su muslo. Podía sentir mi humedad empapando mis bragas, un calor líquido que se extendía entre mis piernas como miel derretida.
    
    —Dios mío, Udo —grité, mi voz irreconocible, ronca de deseo—. No pares, por favor no pares.
    
    Él alternó entre mis dos pechos con una dedicación que me volvía loca, lamiendo, succionando, mordisqueando suavemente hasta que mis pezones estuvieron tan duros que dolían deliciosamente. Mis manos se enredaron en su pelo castaño, manteniéndolo contra mi pecho mientras oleadas de placer me recorrían desde los pechos hasta el clítoris, que palpitaba con una urgencia que me tenía al borde de la desesperación.
    
    Podía sentir su erección presionando contra mi muslo, dura como una piedra, y cuando moví ligeramente la pierna para acariciarlo a través de la tela, él gimió contra mi piel, un sonido gutural que vibró a través de mi pecho y me mojó aún más.
    
    —Te deseo ...
    ... tanto —susurró, alzando la cabeza para mirarme a los ojos—. Llevo días soñando con tenerte así, con hacerte mía.
    
    Sus palabras me derritieron por completo. Era joven, era viril, y me deseaba con una intensidad que me hacía sentir como la mujer más deseable del universo, no como una abuela de setenta y un años, sino como la diosa del sexo que había olvidado que llevaba dentro, la que folló con media colonia alemana entre el 72 y el 75.
    
    —¿Te gusta? —murmuró contra mi piel.
    
    —Me encanta —gemí—. No pares.
    
    Sus manos se deslizaron más abajo, y cuando sus dedos encontraron mi centro húmedo y necesitado, pensé que iba a desmayarme del placer.
    
    —Estás tan mojada... —susurró con admiración—. ¿Todo esto es por mí?
    
    —Todo —jadeé—. Todo por ti.
    
    Me acarició con una habilidad que me sorprendió, leyendo mi cuerpo como si fuera un mapa que hubiera estado estudiando toda su vida. Cuando deslizó un dedo dentro de mí, arqueé la espalda y grité su nombre.
    
    —Eres tan estrecha... tan perfecta...
    
    Añadió otro dedo, y luego otro, preparándome con una paciencia que me estaba volviendo loca. Cada movimiento de sus dedos enviaba ondas de placer por todo mi cuerpo, construyendo una tensión que sabía que pronto explotaría.
    
    —Udo, por favor... —supliqué—. Te necesito. Te necesito ahora.
    
    Se colocó sobre mí, y pude sentir la punta de su erección presionando contra mi entrada. Era joven, duro, y perfectamente proporcional. Mi cuerpo se tensó momentáneamente —había pasado tanto ...
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