1. Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno


    Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos

    ... mal.
    
    Pero incluso así, olía a juventud y posibilidades.
    
    Y yo, como una vieja ridícula, inhalé profundamente como si fuera el mejor perfume de París.
    
    «Contrólate, Frieda», me ordené. «Es tu nieto y tú estás en problemas».
    
    —¡Abuela Frieda! —gritó, viniendo hacia mí con los brazos abiertos.
    
    Me abrazó con esa fuerza juvenil que me hizo sentir pequeña y protegida. Su olor familiar —una mezcla de colonia fresca y ese aroma natural que tienen los chicos jóvenes— me envolvió como una manta cálida.
    
    —Déjame mirarte —dije, apartándome un poco—. ¡Cada vez estás más guapo!
    
    Se sonrojó, como siempre que le hacía un cumplido, pero no apartó la mirada. Sus ojos verdes me recorrieron de arriba abajo de una forma que... bueno, que no era exactamente abueluna.
    
    —Tú también te ves increíble —dijo, con una voz que había ganado gravedad desde la última vez que nos vimos—. Mallorca te sienta bien.
    
    Ida apareció detrás de nosotros, salvándome de tener que responder a esa mirada que me había hecho sentir mariposas en el estómago.
    
    —Moi, Udo!!! —exclamó, abrazándolo también—. ¡Qué sorpresa tan agradable!
    
    —Moi, Tantle Ida!!!. Gracias por dejar que me quede.
    
    —Un chico guapo como tú debería estar en la playa conociendo chicas de su edad —dijo Ida con esa sonrisa maternal pero cómplice—. Seguro que hay muchas alemanas jóvenes de vacaciones por aquí.
    
    Sentí una punzada de algo que no quise identificar. Era como si Ida estuviera sugiriendo que Udo buscase ...
    ... entretenimiento... en otra parte.
    
    «Frieda, mujer, es como tiene que ser», me dije.
    
    —Ven —le dije a Udo, tomándolo del brazo—. Te enseño la casa. Pero te advierto: es... única.
    
    La expresión de Udo cuando vio las habitaciones del segundo piso fue similar a la de Ida: una mezcla de horror y diversión.
    
    —Si a ti no te molesta, abuela, puedo quedarme en el sofá del salón con Ida...
    
    —¡Ni hablar! —interrumpió Ida—. Ese sofá es mi territorio. Además, eres demasiado alto. Tendrías los pies colgando como un espantapájaros.
    
    —Entonces… Lo siento, cariño, pero tendrás que compartir la habitación conmigo —dije, tratando de sonar casual—. La cama es lo suficientemente grande.
    
    El silencio que siguió fue... significativo. Udo me miró, yo lo miré a él, y algo en el aire cambió. Era como si el universo hubiera decidido ponernos a prueba.
    
    —No hay problema —dijo finalmente—. Si a ti no te molesta, abuela.
    
    «¿Molestarme?» Claro que no me molestaba. Me aterrorizaba, me emocionaba, me confundía, pero molestarme... no.
    
    —Por supuesto que no, cariño. Somos familia.
    
    Familia. Esa palabra se sentía extraña en mi boca, como si hubiera perdido parte de su significado.
    
    Esa noche, durante la cena en la terraza bajo las estrellas, observé a Udo mientras él fingía no observarme a mí. Había algo diferente en él, una confianza nueva que no había notado en Hamburgo. Tal vez era la libertad de estar lejos de casa, o el efecto del sol mediterráneo, pero parecía más... hombre.
    
    Y yo, Dios me ayude, ...
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