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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... me estaba dando cuenta. —¿Mañana podríamos ir a la playa? —preguntó, sirviendo más vino en mi copa con una galantería que me sorprendió. —Por supuesto —respondí—. Aunque tendrás que ver si aguantas el ritmo de dos mujeres mayores. —Creo que podré arreglármelas —dijo, y la forma en que me miró cuando dijo «arreglármelas» me hizo sentir como si tuviera treinta años otra vez. Ida, que había estado observando nuestro intercambio con esa expresión calculadora que conocía tan bien, se aclaró la garganta. —Bueno, yo me voy a la cama. Este viejo cuerpo de «mujer mayor» —añadió mirando con sorna a Udo— necesita descanso. Nos quedamos solos en la terraza, con el sonido de las cigarras y el lejano murmullo del mar. Udo se acercó más en su silla, y pude oler su colonia mezclada con el aroma a sal y jazmín que flotaba en el aire nocturno. —¿Estás contenta aquí? —me preguntó. —Mucho. Aunque la casa necesita trabajo. —Me gusta —dijo, mirando hacia las luces de Palma en la distancia—. Es... libre. La palabra «libre» colgó entre nosotros como una promesa. O tal vez como una advertencia. —¿A qué te refieres? —pregunté, aunque creo que ya sabía la respuesta. —Aquí podemos ser nosotros mismos. Sin las reglas de Hamburgo, sin las expectativas de los demás. Sus ojos encontraron los míos en la semioscuridad, y sentí que el mundo se había reducido a esa terraza, a esa mirada, a ese momento cargado de posibilidades que mi mente racional se negaba a ...
... contemplar. —Udo... —comencé, pero él se levantó. —Mejor nos vamos a dormir —dijo—. Mañana será un día largo. Tenía razón. Pero mientras lo seguía hacia la habitación que íbamos a compartir, con mi corazón latiendo como un tambor adolescente, supe que el sueño sería lo último que haríamos esa noche. La habitación me pareció más pequeña con Udo dentro. Él se ofreció a dormir en el suelo, pero yo insistí en que compartiera la cama —era lo suficientemente grande para dos, y no iba a dejar que mi nieto durmiera incómodo. «Somos familia», me repetía como un mantra mientras me cambiaba en el baño. «Solo somos familia compartiendo espacio». Pero cuando salí en mi camisón de algodón —modesto pero que acentuaba mi figura más de lo que me gustaba admitir—, la forma en que Udo me miró me hizo sentir cualquier cosa menos una abuela. Se había puesto una camiseta y unos boxers para dormir, y no pude evitar notar cómo la tela se tensaba sobre su pecho joven y musculoso. Pero fueron sus boxers los que realmente capturaron mi atención: el bulto pronunciado que se marcaba contra la tela me dejó momentáneamente embobada. «¿Cuánto tiempo hace que no veo algo así en persona?», pensé, incapaz de apartar la mirada. Cuando finalmente logré alzar los ojos, me encontré con que Udo me estaba observando con una sonrisa traviesa. Me guiñó un ojo lentamente, como si hubiera leído exactamente mis pensamientos. Me sonrojé como una adolescente pillada en falta. «Frieda, para», me ordené, ...