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Cuando la gallina vieja encuentra un pollo tierno
Fecha: 03/09/2026, Categorías: Incesto Autor: Lucas 2304, Fuente: TodoRelatos
... sintiendo cómo el calor me subía por el cuello. «Es tu nieto». Pero el daño ya estaba hecho. Él sabía que había estado mirando, y por su expresión satisfecha, no parecía molestarle en absoluto. Udo rebuscó en su mochila y sacó una pequeña caja de plástico. —¿Qué es eso? —pregunté, curiosa. —Mi férula de descarga —murmuró, claramente avergonzado—. Para los dientes. Aprieto mucho las mandíbulas cuando duermo. —¿En serio? —no pude evitar sonreír—. ¿Mi nieto perfecto tiene bruxismo? —No soy perfecto, abuela —se colocó el aparato con una mueca—. Solo finjo serlo muy bien. La confesión me enterneció más de lo que debería. Ver a este joven aparentemente perfecto admitiendo sus pequeñas imperfecciones lo hacía aún más deseable, si eso era posible. Nos metimos en la cama desde lados opuestos, como dos extraños educados, manteniendo una distancia cuidadosa. Pero la cama, que había parecido enorme cuando estaba sola, de repente se sentía íntima y llena de la presencia masculina de Udo. —Buenas noches, abuela —susurró en la oscuridad. —Buenas noches, cariño. Cerré los ojos y traté de dormir, pero era imposible. Cada respiración suya, cada pequeño movimiento, cada vez que las sábanas se movían, yo era consciente de todo. Y por la forma en que se movía, estaba claro que él tampoco podía dormir. «Esta va a ser una noche muy larga», pensé. Me desperté al amanecer con el cuerpo de Udo pegado al mío. En algún momento durante la noche, habíamos migrado ...
... hacia el centro de la cama como dos imanes irresistibles. Su brazo rodeaba mi cintura, su respiración acariciaba mi cuello, y su... bueno, digamos que cierta parte de su anatomía matutina presionaba contra mi trasero de una manera que me hizo recordar que seguía siendo una mujer, independientemente de mi edad. «Frieda», me susurré mentalmente, «muévete. Ahora». Pero no me moví. Me quedé ahí, inmóvil, sintiendo el calor de su cuerpo joven contra el mío, inhalando ese aroma masculino que me estaba volviendo loca. Era como si mis setenta y un años se hubieran evaporado, dejándome convertida en una adolescente cachonda. Udo se movió ligeramente, murmuró algo ininteligible, y su mano se deslizó hacia arriba, rozando la parte inferior de mi pecho. El contacto me electrificó. «Está dormido», me dije. «Es un accidente». Pero cuando su pulgar rozó mi pezón a través de la tela del camisón, el gemido que se me escapó no fue nada accidental. Udo se despertó inmediatamente. —Omi? —murmuró, con voz ronca de sueño. —Buenos días, cariño —logré decir, fingiendo naturalidad mientras él se apartaba rápidamente, claramente consciente de nuestra posición comprometedora. —Ped·dóm, yo... debo habed... —murmuró con la férula puesta, las palabras distorsionadas y apenas comprensibles. Me mordí el labio para no reírme. Incluso en un momento tan incómodo, la férula lo hacía sonar adorablemente ridículo. Se sentó en la cama, se quitó la férula con rapidez dejándola en su ...