1. El círculo. Cap.35. Todo lo que viene después


    Fecha: 16/09/2026, Categorías: Infidelidad Autor: Ixchel Diaz M, Fuente: TodoRelatos

    ... verla.
    
    Helena recogió los platos con calma. No estaba triste. Estaba consciente. Sabía el precio. Y también sabía que, aunque él no lo dijera, esa noche sería una frontera. Después de hoy, algo se partiría.
    
    Pero aún no. Aún era su casa. Aún era su cama. Aún era su noche.
    
    Helena apagó una a una las velas. Caminó hacia él. Lo rodeó por la espalda y lo abrazó sin fuerza. Sintió su respiración, su calor. Y pensó, sin decirlo: si este hijo se parece a ti… ojalá no se parezca tanto.
    
    __
    
    La habitación estaba sumida en una penumbra espesa, apenas rota por las luces bajas del vestidor, que proyectaban sombras doradas sobre las cortinas de lino y las paredes de barro blanco. Afuera, el jardín dormía, y la jacaranda se mecía como si escuchara. Dentro, sólo se oía el crujido tenue de las sábanas y el roce de dos cuerpos respirando al mismo ritmo.
    
    Damián y Helena estaban ya desnudos antes de llegar a la cama. No fue una noche de palabras ni de rituales: se buscaron como dos animales que se conocen de memoria. Se arrancaron la ropa con una torpeza intencionada, con una urgencia que no pedía permiso. Ella lo empujó contra la pared del vestidor, le mordió el cuello hasta dejarle una marca morada, y él le apretó los muslos con tal fuerza que tembló. Todo era apretado, húmedo, real. Sin dulzura. Sin ternura. Sin mentiras.
    
    Helena montó sobre él con esa mezcla rara de dominio y entrega, con los labios entreabiertos, el cabello pegado al rostro por el sudor. Cada sentón era ...
    ... un reclamo y una entrega. Cada jadeo, una queja cargada de deseo. Ella lo arañaba con los ojos cerrados, lo arañaba de verdad, con líneas rojas que ardían sobre el pecho de Damián. Él le agarraba los senos —llenos, tibios, pesados— con fuerza, con mucha fuerza, como si necesitara memorizar su forma, como si fueran lo único que aún no podía controlar.
    
    Helena tuvo un primer orgasmo en silencio, con la boca abierta en un grito que no salió. El segundo fue un sacudón que la hizo apretar los dedos de los pies, los muslos, la vida. Damián la sostuvo fuerte, la besó con una violencia casi ceremonial, y la llenó con un gemido profundo, como si se vaciara de todo lo que no podía decirle.
    
    Entonces sí, vino la calma.
    
    Ambos quedaron acostados, aún desnudos, sobre las sábanas revueltas. Helena, sudada y temblorosa, se acomodó encima de él. Su torso brillaba con la humedad del sexo reciente. El cabello desordenado le caía sobre los hombros, y sus senos —hinchados, sensibles— se aplastaban suavemente contra el pecho de Damián.
    
    Él pasó una mano lenta por su espalda baja, la otra enredada en su cabello. Sintió el calor de su piel, su respiración aún agitada, el peso blando de su cuerpo completo. Era una plenitud que no sabía cómo nombrar.
    
    —No puedo volver a ser sacerdotisa —dijo Helena en voz baja, sin mover la cabeza de su pecho.
    
    No lo dijo con tristeza. Lo dijo con certeza.
    
    Damián no respondió de inmediato. Le acarició la nuca, como si eso bastara para responder. Luego ...
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