1. Hospital comarcal (8)


    Fecha: 25/09/2026, Categorías: Hetero Autor: Ricardo Lomas, Fuente: TodoRelatos

    ... perfecto. Yo estaba perfecta. Sabía lo que iba a pasar. Era parte del plan. Entré y me metí en el primer cubículo libre. Cerré la puerta con el pestillo flojo, la presión justa para que, si alguien empujaba, se abriera.
    
    Treinta segundos después, Daniel entraba. Nervioso. Empalmado. Pensando que iba a coronarse.
    
    Cerró tras de sí. Se apoyó en la puerta. Me miró con esa cara de tío que se cree que ha ganado algo, sin saber que en realidad le acababan de asignar el papel de secundario en una historia que no es suya.
    
    —Joder… estás tremenda —susurró, casi babeando.
    
    —Calladito estás más guapo —le dije, mientras me arrodillaba delante de él y empezaba a desabrocharle los vaqueros.
    
    —Sí que vas rápido, ¿no?
    
    —Que te calles. —respondí seca al tiempo que desabrochaba el botón de sus vaqueros.
    
    Cuando, por fin, bajé el bóxer negro que cubría su miembro, se me cayó el alma a los pies. Tan mazado. Tan marcado. Tanto tiempo en el gimnasio… para encontrarme con una polla que apenas podía calificar como funcional. No por el tamaño, que era tirando a pequeño, sino por la decepción general que producía.
    
    —Bueno… —murmuré, sin poder evitar una mueca— ¿podrás aguantar un poquito?
    
    Sabía perfectamente que no, que lo había traído como parte del plan, pero no iba a cumplir mis expectativas —aunque mis expectativas eran tan bajas que quizá sí las cumpliese—. Me la metí en la boca sin ceremonias. Le apliqué la técnica justa, ni un extra. No lo hacía para darle placer, sino como ...
    ... parte de mi estrategia de juego. Sabía que lo tenía en mi mano —o, mejor dicho, en mi garganta— y que iba a terminar esto rápido.
    
    Y vaya si fue rápido.
    
    No duró ni un minuto. Literal. Un par de movimientos de lengua, algo de presión con la boca, una ligera succión en el punto justo, y ya estaba temblando como un chihuahua en invierno.
    
    —Dios, nena… me corro… —y antes de que pudiera darme cuenta, ya la tenía fuera, apuntando a mi rostro como un adolescente salido.
    
    Intenté apartarme, pero fue tarde. Se corrió en mi cara. Chorros cortos, torpes, mal dirigidos. Uno me alcanzó justo en el cuello del vestido, donde se cruzaba el tirante. Lo noté caliente. Pegajoso. Asquerosamente presente.
    
    Me levanté sin decir palabra, lo miré con la cara llena de su ridículo orgasmo, y abrí la puerta con un golpe seco.
    
    —Fuera.
    
    Mi tono fue seco. Cortante. Estaba cabreada de verdad. El imbécil me había manchado el vestido y todavía tenía la cara de quedarse ahí plantado, como si mereciera algo más que mi desprecio.
    
    Se quedó medio paralizado, con los pantalones aún a medio subir.
    
    —¿Eh? Pero…
    
    Me giré despacio, con una ceja alzada, dejando claro el asco que me daba solo tenerle delante. Ni siquiera intenté disimularlo. Me hervía por dentro. Siempre igual con estos tíos. Se creen que pueden hacer lo que quieran, correrse donde les da la gana, y salir del baño como si fueran unos putos campeones.
    
    —Que te vayas. Ya has terminado, ¿no? —rematé, como si estuviera despachando a ...