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¡A mi edad! ¡Quién me lo iba a decir...!
Fecha: 03/10/2026, Categorías: Sexo con Maduras Autor: AlbertoXL, Fuente: TodoRelatos
... a que me daba perfecta cuenta de lo que sucedía, y aún así me parecía bien. Lo que antes era una sospecha, se volvió tan claro que guardo en mi memoria cada detalle. El muchacho me obligó a darme la vuelta, me agarró de las caderas y me conmino a inclinarme hasta poner las manos en la puerta del frigorífico. Mientras tanto, me sujetaba, besaba mi espalda y, con una sola mano, forcejeaba con la cremallera de sus pantalones de trabajo. — Esto no... No puede pasar —me recriminé a mí misma con reprobación, pero mi voz ya no era en absoluto convincente, sino febril e impaciente. No le rogaba a él, sino que me instaba a mí misma a impedir que pasara lo que estaba pasando. Pero mi cuerpo tenía en ese instante sus propias necesidades. Me abochornaba estar excitada, pero qué podía hacer. Solamente, cerrar los ojos y estremecerme al sentir el miembro del chico presionar contra la entrada de mi sexo. Sólo sufrir un espasmo y dejar escapar un fuerte gemido cuando me penetró. — Joder, doña Leticia —se extrañó el chico de tan cerrada como estaba— ¿Cuánto hace que no la follan? Me callé, no era asunto suyo, aunque tampoco creo que esperase una respuesta. Había sido la mera observación de lo evidente. Mañoso, me penetró un poco antes de retirarse de nuevo, haciéndome gemir, pero un instante después volvió a meterme su maravilloso miembro viril. — Qué apretadita está —insistió en su grosería destilando placer en su voz al tiempo que iba y venía, llegando más adentro a ...
... cada embestida. — ¡Por amor de Dios! —sollocé de asombro cuando al fin entró por completo, e intenté volver la cabeza para comprobar con mis propios ojos lo que acababa de sentir. — Voy a quitarte las telarañas —afirmó con confianza y vileza, inclinándose sobre mí— y luego me la chuparas hasta que me corra. — ¡Maldito seas! ¡Sinvergüenza! —jadeé con aflicción, turbada por tamaña ordinariez— ¡Te aprovechas de mí! El muchacho rió a sabiendas de que mis protestas era vanas, de que en verdad le quería dentro de mí. Entonces empezó a follarme, pero no lo hizo a lo bruto, como yo esperaba, sino muy suave, gozando de como me temblaban las piernas. Se retiraba hasta que solo la punta de su miembro estaba dentro de mí y luego volvía a entrar a fondo. Salvo una vez que, en vez de salir, el chico rotó las caderas dando aún más de sí mi vagina y haciéndome sufrir un insidioso clímax. Lo que hacíamos estaba mal, pero ya no tenía control sobre mis actos, me hallaba enajenada. Después de tantos años, su enormidad era extraordinaria para mí. Por eso ya no volví a decirle que parara, porque quería todo lo contrario. Siempre había sido una mujer de moral impecable y, si bien el sexo era una experiencia placentera, nunca fui promiscua ni busqué sexo por mero placer. De joven me había picado la curiosidad y, de adulta, había intentado ser una buena esposa dándole a mi pareja lo que esperaba de mí; primero sexo y después hijos. Solo había tenido sexo con dos hombres en mi vida, ...