1. La esencia del deseo 1: el regalo de mi prima


    Fecha: 16/10/2026, Categorías: Incesto Autor: sangreprohibida, Fuente: TodoRelatos

    ... si la mina es tan pelotuda que simplemente te trata así porque se le canta el orto… Bueno, no vale la pena.
    
    —Sí. El tema es que igual tengo que vivir con ellas, quién sabe por cuánto tiempo.
    
    —Y cómo te llevás con tu madrastra —me preguntó.
    
    —Rebién. Es todo lo contrario a la hija.
    
    “Y está buenísima”, completé para mis adentros. Vanesa era una mujer de apenas treinta y ocho años, rubia, adicta al gimnasio. Se parecía mucho a la hija, solo que no tenía el cuerpo esbelto y perfectamente proporcionado de Julieta. Tenía unas caderas sinuosas, y el orto más grande y perfecto que haya visto jamás. En eso tenía razón mi prima. Las mujeres con ese tipo de físico despertaban la calentura inmediata en los hombres, pero no solían enamorar. Bueno, papá sí se había enamorado. Salvo que fuera como el novio de la pobre Ailén, que disfrutaba tanto de cogérsela que se inventó un matrimonio para poder hacerlo todos los días.
    
    Conversamos un rato más. Después nos metimos en un restorán a comer. Con Ailén todo era más fácil. Podía hablar de cosas incómodas que no hablaba con nadie más. Nuestro vínculo era único. No necesitaba preguntarme qué hacía una chica como ella gastando tantas horas de su vida conmigo. Ni siquiera éramos muy parecidos en nuestros gustos. Solo fluíamos bien cuando estábamos juntos. Ella lo explicaba con complicados argumentos astrológicos y esotéricos. Yo lo hacía con una sola palabra que había aprendido en la clase de física: sinergia. Efecto conjunto. A ...
    ... veces, uno más uno no es dos. A veces, si esos dos componentes no se complementan bien, uno más uno puede ser cero. Por el contrario, con nosotros, uno más uno eran tres. Nos completábamos, nos potenciábamos. Quizás tenía que ver con la sangre. Quizás tenía que ver con el hecho de que Ailén tenía un parecido increíble con las fotos de joven de mamá.
    
    Cuando salimos del restorán, para terminar con la excursión, nos metimos en una galería medio escondida, que parecía un laberinto entre cortinas de cuentas y faroles rojos. Por algún motivo, nos llamó la atención un local en particular. No había cartel, ni música, ni ofertas llamativas. Solo una puerta entreabierta con un olor difícil de describir: mezcla de madera vieja, té fermentado y algo dulzón, como incienso de jazmín y canela.
    
    Ailén me miró, con esos ojos enormes que, de chica, causaban gracia, y ahora hipnotizaban. No necesitamos comunicarnos con palabras. Simplemente entramos.
    
    Adentro, el local parecía más un depósito que una tienda. Estanterías de metal llenas de cosas apiladas sin orden: gatos dorados con la pata en movimiento, sahumerios, bolsitas con yuyos secos, vasijas, libros con caracteres extraños, pulseras de jade, piedritas, monedas chinas. Pero lo que me llamó la atención fue una repisa al fondo, donde había frasquitos diminutos, todos distintos. Algunos eran de vidrio soplado, otros de cerámica blanca con dibujos azules, otros con tapas de corcho.
    
    Me acerqué por curiosidad y levanté uno de los que ...
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