1. Mis odiosas madrastras (8)


    Fecha: 23/10/2026, Categorías: Incesto Autor: Gabriel B, Fuente: TodoRelatos

    ... segundo en sus muslos, en ese pequeño espacio entre la tela y su cuerpo.
    
    —¿Otra vez mirando? —me dijo al rato, con voz baja.
    
    —No puedo evitarlo.
    
    —¿Y qué ves cuando me mirás así?
    
    —Veo algo que me gusta demasiado.
    
    —¿Y qué pasa si te gusta demasiado?
    
    —Que me vuelvo un poco idiota —le dije, sin pensar.
    
    Ella sonrió. Y esa sonrisa no era de burla. Era una sonrisa sincera, mezcla de ternura y peligro. El aire entre nosotros se volvió más denso, como si algo estuviera por pasar.
    
    —Esta tensión que hay entre nosotros… debería parar —dijo entonces.
    
    Pero que usara esa palabra, “debería”, en lugar de “debe”, hacía que su frase fuera muy endeble.
    
    —Claro, y por eso me trajiste a este lugar para decírmelo. A un lugar íntimo, donde no hay nadie. Parece que estamos solos en el mundo.
    
    —¿Pensás que te traje hasta acá para coger? —me preguntó.
    
    —No. Creo que me trajiste hasta acá para calentarme la pija y dejarme así, como la otra vez.
    
    —Pero igual… te dejé hacer demasiado —dijo ella—. A nadie le dejo hacer lo que me hiciste en el balcón.
    
    —Me gustó mucho —dije—. Pero creo que ya te estoy entendiendo. Al menos un poco.
    
    —¿Ah, sí? ¿Qué es lo que entendés?
    
    —Que te gusta jugar con los tipos. Que es una especie de venganza, por todas esas cosas de las que siempre te quejás. Hasta creo que… te gusta orillarlos a que hagan cosas… cosas violentas. Quizás hasta que traten de obligarte. Disfrutás de poder demostrar lo animales que son los hombres.
    
    Ella se ...
    ... quedó callada, mirando hacia adelante.
    
    —Nunca lo había pensado así —dijo—. De hecho, no creo que sea así. Aunque entiendo que pueda parecerte. El tema es que… lo que pienso, mi ideología, mi ética, no siempre va de la mano con lo que siente mi cuerpo.
    
    —El cuerpo traiciona —dije—. Igual que me pasa a mí ahora.
    
    Ella miró de reojo mi entrepierna, ahí donde tenía la verga dura totalmente marcada.
    
    —Que boludo —dijo, riendo—. Pero sí. Quizás por eso, a veces, me permita jugar. Pero nada más. ¿Sabés? Solo juego. Un manoseo, un beso… Pero solo tengo sexo con Clarisa.
    
    —¿Con el tipo del bar tampoco? —pregunté.
    
    —A él me lo cogí, sí. Pero… No puedo decir que me obligó. Sería muy hipócrita. Pero digamos que me insistió mucho, en un momento en donde yo estaba vulnerable.
    
    —Creo que tenés un quilombo en la cabeza —dije.
    
    —Sí. Es verdad. La cuestión es que… nunca me vas a coger, Dani. Te lo digo porque sé que a veces te doy señales que te pueden dar esperanzas. Pero no va a pasar.
    
    —Entiendo. En realidad, ya lo sabía. Ya te había sacado la ficha. Y con algunas cosas que vi recién, con el portero, terminé de confirmarlo. Pero… aunque no cojamos, eso de meterte el dedo en la concha está muy bueno.
    
    —Eso lo hiciste solo porque me extorsionaste con decirle a Clari que me viste con Jerónimo en el bar.
    
    —Claro, como si no disfrutaste de que te lo hiciera —comenté, y entonces se me ocurrió una idea—. Sabés… todavía puedo decirle a Clarisa lo que sé. Además, ella es ahora ...
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