1. La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista


    Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X


    En un rincón olvidado del mapa, donde los mapas se desgastan y las brújulas se vuelven locas, se alza un pueblo que el tiempo ha dejado atrás: Roca Negra. No es un nombre elegido al azar. El pueblo se asienta en el corazón de un valle encerrado por montañas gigantescas, cuyas paredes verticales, oscuras como la noche sin luna, se elevan hacia el cielo como si fueran los dientes de un titán petrificado. Son rocas negras, no por sombras ni por musgo, sino por su esencia: piedra volcánica, antigua, inmutable, fría al tacto y más oscura que el alma de un hombre culpable. De ahí el nombre: Roca Negra . Y con él, la leyenda que persigue al poblado: 
    Hace siglos —cuando los caminos eran senderos de tierra y las brujas no eran cuentos para asustar a los niños, sino realidades que acechaban en los bosques—, este pueblo fue gobernado por una familia de hechiceras. Mujeres de mirada afilada, voz susurrante y manos que tejían hechizos con hilos de luna y sangre de pájaro. Dominaban los vientos, curaban las enfermedades… y castigaban a quienes osaban desafiarlas. Pero como todo lo que nació de la magia, también murió. Una a una, desaparecieron. Algunas dicen que fueron quemadas. Otros, que se convirtieron en niebla y se esfumaron con el amanecer. Pero la leyenda no murió. Permaneció. Y hoy, en cada esquina, en cada murmullo, en cada mirada evasiva, se repite: “Las brujas aún están aquí… y una de ellas vive entre nosotros”. Esa bruja... es Helga Pain .
    Es conocida como  la Bruja Helga ...
    ... Pain , aunque casi nadie se atreve a decir su nombre completo. La mayoría la llama simplemente: “La Bruja” . No es un título de respeto. Es un escupitajo. Un susurro de miedo. Un nombre que se dice con los dientes apretados, mientras se cruzan de lado de  la calle para evitarla. Porque Helga Pain no es una anciana dulce que te da galletas en Navidad. Es una mujer de rostro tallado por el tiempo y el desprecio, de voz como el crujir de huesos secos, de mirada que atraviesa el alma y te deja desnudo. Es despótica. Huraña. De carácter de acero y lengua de cuchillo. Nada le agrada. Nada la satisface. Y si algo no le gusta —y casi todo lo que ve no le gusta—, lo recrimina. Con furia. Con gritos. Con miradas que cortan. En el mercado, los tenderos bajan la vista cuando ella entra. En la iglesia, los fieles rezan para que no se cruce en su camino. En la calle, si alguien la ve acercarse, se aparta como si fuera una plaga. Nadie quiere cruzarse con ella. Nadie quiere saber nada de ella. Y si alguien lo hace… lo lamenta.
    La odian. La temen. La evitan. Pero hay una persona… solo una… que no la odia. Ese soy yo. Soy su vecino. Vivo justo enfrente. Mi ventana mira directamente a su casa —una mansión antigua, con muros de piedra negra, ventanas como ojos ciegos y un jardín que parece un cementerio de rosas rojas. Y desde mi ventana, desde el amanecer hasta la medianoche, la observo. Soy su  admirador. Sí. Admiro a la Bruja Helga Pain. No sé por qué. No lo entiendo. Quizás sea su postura ...
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