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La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista
Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... erguida, como si llevara una corona invisible. Quizás su forma de caminar, lenta y majestuosa, como si el suelo se arrodillara ante ella. O tal vez su voz, cuando grita, que suena como un himno de poder. Es terrible. Es cruel. Es insoportable… y a mí me excita con locura . Me fascina aquella bruja . Me hipnotiza. Me consume. Nadie lo sabe. Nadie en este pueblo conoce mi secreto. En este mundo, no lo entenderían… y me repudiarían también. No lo comprenderían. ¿Cómo podrían? ¿Cómo entenderían que un joven, con sangre caliente y corazón latiente, se desviva por una mujer vieja, con arrugas que parecen grietas de un templo maldito, que me duplica —o triplica— en edad, y que podría ser mi abuela? ¿Cómo explicarles que, mientras ellos la evitan, yo la busco con los ojos? Que, mientras ellos huyen, yo me quedo quieto, mirando, anhelando, deseando… aunque ella ni siquiera sabe que existo. Porque no me ha mirado. Nunca. Ni una vez. Para ella, soy aire. Sombra. Nada. Y eso… me enciende más. ¿Queréis conocerla? ¿Quieres saber cómo es la señora Helga Pain? ¿Cómo huele su piel, cómo suena su voz, cómo se mueve su cuerpo bajo sus vestidos negros, cómo se le encienden los ojos cuando se enfurece? Entonces... sigan leyendo. Porque yo… ya no puedo esperar más. Y ella... pronto sabrá que existo. Y cuando lo sepa… nada volverá a ser igual. Desconozco la edad exacta de la vieja señora Helga Pain. Quizás tenga setenta. Quizás ochenta. Las arrugas en su rostro —profundas, finas, como mapas de ...
... una vida larga y cruel— no revelan su edad, sino su poder. No es una anciana frágil ni encorvada. Es una mujer grande, robusta, voluptuosa: brazos carnosos, piernas gruesas, un vientre redondeado que se asoma con orgullo bajo sus vestidos negros. A mi lado, me doblega en tamaño… y eso, extrañamente, me excita. Su rostro, curtido por el tiempo, está coronado por un pelo negro —posiblemente teñido con el tinte más oscuro que existe—, recogido en un moño tan apretado que parece una corona de hierro. Y siempre, pero siempre ,lleva guantes. Es su sello. Su armadura. Su poder. Apenas la he visto sin ellos. Ni siquiera en su intimidad. En su mansión lleva guantes de goma horribles, de fregar, que le llegan hasta el codo, y que usa incluso cuando cuida su jardín —el jardín más perfecto del pueblo—, arrodillada entre rosas rojas, con delantal, botas de goma, y esa postura que me hace perder la noción del tiempo desde mi ventana. Cuando sale al pueblo, se viste como una dama de otra era: abrigo de visón, guantes de piel negros o marrones, tacones altos imposibles para su edad… pero que lleva con una elegancia que desafía la gravedad. Todas las mañanas, al salir, le digo “buenos días” con educación. Ella siempre me mira, y luego aparta la vista, como si fuera una mosca molesta. Nunca me devuelve el saludo. Nunca me ve. Hasta aquel día. Era una mañana como cualquier otra, pero la fachada de su mansión amaneció profanada: un dibujo grotesco de ella, con nariz de bruja, escoba y gato, ...