1. La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista


    Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... pintado en spray. Los niños gritaban “¡bruja! ¡bruja!” desde la esquina, y los jóvenes más atrevidos ya habían lanzado huevos y piedras. Era un acto delictivo que se producía semanalmente debido al odio que infundía en el pueblo.  Vi salir a la vieja bruja Helga Pain, malhumorada, con un cubo de agua y jabón, dispuesta a borrar la afrenta. Supe que era mi oportunidad. Me acerqué, con el corazón latiendo como un tambor, y le ofrecí ayuda. Ella señalando sin mirarme, me tendió el cubo, el estropajo y el jabón, y dijo con voz seca, señalándome con su guante:
    "Hazlo bien. Deja la fachada limpia. No me gusta la holgazanería". Su tono, su gesto, su guante apuntandome… Me encendió. Ella en lugar de ayudarme, se dedicó a otros menesteres, realizaría yo solo la tarea. Me puse a frotar, sudando, con los brazos doloridos, mientras ella, de rodillas en su jardín, cuidaba sus rosas. Su delantal se había subido un poco, dejando ver sus  medias negras con  ligueros anclados a  sus bragas oscuras, y muslos horribles y flácidos, carnosos, que me hicieron perder el ritmo del fregado. Ella me descubrió mirando.
    Ni se te ocurra desviar la mirada de la pared - , dijo, sin alzar la voz, pero con una autoridad que me heló la sangre.
    Continúe frotando, pensando en mi mente en  cada centímetro de su piel bajo la tela de su delantal, cada línea de su cuerpo. Cuando terminé, no me dio las gracias. Solo me dijo, con su guante apuntando a la calle:
    “No quiero volver a verte merodeando por mi casa”. ...
    ... Y se metió dentro. Yo me fui a mi casa…satisfecho. Porque ahora, por primera vez, ella sabía que existía. Y eso… era el comienzo de todo.
    Dos días después, contemplé una escena inédita. A la casa de la vieja Helga Pain, en ocasiones, llegaban hombres vestidos de traje, de noche, con coches que no pertenecían a este pueblo. Se detenían en silencio, bajaban con gesto serio, y se introducían en su mansión como si fueran enviados por algún poder oculto. Pensé que venían por hechizos, por pactos, por rituales ancestrales… estaba completamente equivocado.
    Aquella noche, una hora después de que uno de aquellos hombres  entrara en la casa de la vieja señora, lo vi salir corriendo —despeinado, con los pantalones subiéndosele, gritando como un loco: “¡Eres una vieja chiflada!” —. Helga Pain, desde el umbral de su puerta, se reía a carcajadas, con una risa grave, sádica, que resonaba en el jardín como un eco de triunfo. No entendí qué había ocurrido dentro. Pero supe, con una certeza que me recorrió la espina dorsal, que no era magia. Era algo más oscuro. Más real. Y más peligroso. Y quería saberlo.
    Al día siguiente, cuando la vi salir con su abrigo de visón y sus guantes de piel —elegante, inalcanzable, como una reina que se marcha a una corte lejana—, me colé en su casa. Fue ridículamente fácil. En Roca Negra, nadie cierra con llave. Nadie espera un ladrón. Y yo no era un ladrón… era un obsesionado. Entré por la puerta principal , la misma que ella usa para salir al jardín, y me ...
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