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La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista
Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... quedé paralizado en el salón. La casa no era una mansión cualquiera. Era un santuario de madera oscura, de muebles tallados con manos que ya no existían, de escaleras de roble que parecían sostener el peso del tiempo. Las paredes estaban forradas con paneles de caoba brillante, y en los pasillos, retratos de mujeres antiguas —sus antepasadas, sin duda— me observaban con ojos que parecían seguirme. Eran brujas. No de cuentos. De carne y sangre. Y sus miradas me helaban. Estaba a punto de marcharme, con el corazón latiendo como un pájaro atrapado, cuando vi las escaleras. No las de arriba, que llevaban al piso superior… sino las de abajo. Las que bajaban al sótano. En mi casa, las escaleras del sótano son oscuras, húmedas, olvidadas. En la suya… eran de madera pulida, con barandillas talladas con motivos de serpientes y cadenas. Y la puerta, al final, estaba abierta. Sin llave. Como una invitación. Como una trampa. Baje. Cada paso resonaba en el silencio, como si la casa respirara conmigo. Y al llegar abajo… no encontré cajas, ni herramientas, ni vinos viejos. Encontré una cámara de tortura. No era un sótano. Era un templo de dominio. Me adentré en la cámara de tortura como un intruso en un templo prohibido. Inspeccioné cada rincón: toqué las cadenas frías, oxidadas, que colgaban como serpientes muertas de las paredes de ladrillo descascarillado. Acaricié los barrotes de la jaula pequeña —fríos, duros, con el tacto de una prisión antigua—. Quise abrir el armario de madera ...
... oscura, pero estaba cerrado con un candado de hierro forjado, impenetrable. Me quedé asombrado. No por el miedo —aunque sí lo sentía—, sino por la fascinación. Aquel lugar no era un sótano. Era un santuario de dolor, de orden, de poder. Y yo, como un necio, había cruzado su umbral. Unos minutos después, escuché su voz tras de mí, desde la entrada del sótano. La vieja bruja Helga Pain. Me había descubierto. Aprendí algo más de las brujas ese día: tenían un sexto sentido. No necesitaban oír, ni ver. Sentían. Sabían cuándo algo no iba bien. Había percibido que alguien había entrado en su casa. Yo… había perturbado su equilibrio. “¿Qué estás haciendo en mi casa?”, dijo, con voz firme, áspera, como un cuchillo raspando piedra. Me di la vuelta, el corazón latiendo como un tambor de guerra. Intenté hablar, pero las palabras se atascaron en mi garganta. “Intentabas robar en mi casa?” , insistió, y por fin logré tartamudear que solo quería conocer su casa, que no tenía malas intenciones. Ella me recriminó con frialdad: "Es propiedad privada. La has invadido". Tenía razón. No supe qué responder. Se hizo el silencio. Y entonces, con una voz que era casi un susurro, le dije: “Me gusta mucho tu sótano… ¿para qué sirve? “Ella se río. Una risa baja, sádica, que me erizó la piel. “Obviamente”, dijo, “para castigar a estúpidos como tú”. Quedé sin palabras. Pero algo en mí se encendió. Me armé de valor —o de locura— y le dije: “Me gustaría ser castigado. Como usted deseara”. Ella volvió a ...