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La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista
Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... de muy pocos… tú solo mereces latigazos por tu comportamiento. “Su tono era frío, pero sus ojos brillaban con una luz perversa. "Voy a ser más dura de lo que he sido antes. Nunca nadie se ha colado en mi casa... y tú lo hiciste. Te voy a enseñar a no volver a hacerlo. Voy a romperte el culo a latigazos... hasta dejarte sin lágrimas”. El miedo me invadió. Intenté desatarme, retorcerme, liberarme… pero las cinchas de cuero estaban ajustadas, los candados cerrados, mi cuerpo inmóvil. Intenté gritar, pedir perdón… pero solo degusté más el sabor a caca de sus bragas, que me producían arcadas, náuseas, un sabor a podrido que me quemaba la garganta. El sabor a tela de la mordaza sucia, a sudor, a mierda… me envolvía como una maldición. Ella se levantó, riendo, al ver como no podía escapar. Agarró el látigo entre sus guantes de goma sucios, y dijo: "Quedan cincuenta latigazos más. Los prometidos. Y vas a llorar mucho. “Y lo hizo. Los siguientes latigazos no fueron rápidos. Fueron lentos. Cada uno un suplicio. Cada azote, una tortura calculada. No tenía prisa. Cada golpe caía con precisión, como si estuviera escribiendo mi nombre en mi carne. A los sesenta, el dolor era insoportable. La piel ya no era solo roja. Era morada, hinchada. A los setenta, lloraba en silencio, las lágrimas cayendo por mis mejillas, pero sin poder emitir un solo sonido. Solo el sabor a caca en mi boca, el olor a goma sucia en mis fosas nasales, y el sonido del látigo, que resonaba como un metrónomo de mi ...
... agonía. A los ochenta, el dolor era una marea que me consumía. Cada azote era una descarga eléctrica que me recorría la espina dorsal, que me hacía temblar, que me hacía llorar en silencio. Cada azote era un dolor indescriptible en la piel de mi culo desnudo .Pero lo peor… lo peor no era el dolor físico. Era la impotencia. Comprendí, en ese instante, lo que significaba impotencia. No era solo no poder moverme. Era no poder gritar. No poder suplicar. No poder escupir. No poder apartar la mirada. Estaba atado. Inmovilizado. Sujeto como un animal en un matadero. Y en mi boca… solo el sabor a caca de la vieja señora. Un sabor rancio, pegajoso, que me quemaba la garganta, que me hacía querer vomitar… pero no podía. Porque mis labios estaban sellados. Porque mi nariz estaba tapada. Porque mi cuerpo ya no me pertenecía. Era un objeto. Un cuerpo inerte. Un saco de carne que solo servía para recibir golpes. Para aguantar dolor. Para soportar humillación. Y ella… ella se reía. Con esa risa baja, sádica, que resonaba como un eco en el sótano. Era lo que deseaba. Lo que había planeado. Causar dolor sin que pudiera oponer resistencia alguna. Sin que pudiera gritar. Sin que pudiera escapar. Sin que pudiera pedir ayuda. Nadie se enteraría. Nadie vendría a ayudarme. No podía hacer Nada. Ni siquiera mover un dedo. Mi destino dependía de ella. Podría destrozarme.. Podría convertirme en nada. Y yo… no podría evitarlo. Giré el rostro, con esfuerzo, y la contemplé. Su rostro era una máscara de ...