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La vieja bruja sádica y su esclavo inepto masoquista
Fecha: 28/02/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... reír. “Te aseguro que te lo mereces. Te has adentrado en mi casa sin mi permiso”. Insistí:" Merezco un castigo entonces. Como usted desee”. Agaché la cabeza, sumiso, esperando su veredicto. Ella se adentró en el sótano con paso lento, deliberado, como si cada movimiento fuera un ritual. La pesada puerta de madera se cerró tras ella con un golpe seco que resonó como un ataque al sellarse. Sin prisa, giró la llave en la cerradura —un sonido metálico y definitivo—, y la guardó dentro de su escote, bajo el vestido, en el interior de su sujetador. No era un gesto casual. Era una advertencia. Una promesa. La llave estaba en su cuerpo, y yo… estaba atrapado con ella. No podía alcanzarla. No podía quitársela. Estaba encerrado. Un su merced. Cada paso que daba sobre el suelo de cemento del lúgubre sótano resonaba como un martillo sobre mi alma. Llevaba aún su ropa de calle: el abrigo largo de visón, el vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su cuerpo voluptuoso, los zapatos de tacón alto que parecían clavarse en mi conciencia con cada movimiento. Y, sobre todo, sus guantes: de piel negra, finos, elegantes, que había llevado en la calle. Se quitó el abrigo con lentitud, como si estuviera despojándose de una armadura de civilidad, y lo colgó en un gancho de hierro forjado que colgaba de la pared. Luego, con voz clara, casi teatral, dijo en voz alta, como si estuviera hablando con el aire, con las paredes: "Es justo lo que voy a hacer. Enseñarte modales. Si es lo que ...
... deseas... pero será a mi manera”. No sabía qué significaba “a mi manera” . Pero me gustó. Me excitó. Ella continuó hablando: “Anoche presenciaste cómo el hombre que me visitó salió corriendo. Sé que estabas tras la ventana espiándome. Que salgas corriendo como él es justo lo que no deseo. No quiero cobardes que huyen y se quejan. Si aceptas ser castigado... serás inmovilizado. Para que no puedas huir". Aunque asustado, asentí. Aquella idea me excitaba. Con voz temblorosa respondí: “Será como usted desee”. Ella se acercó y se dirigió a un estante en la pared. Agarró unos guantes de goma largos —unos de fregar, no eran los que usaban en su jardín—. Estaban sucios. Tan sucios que la goma tenía un tono marrón oscuro, como si estuviera podrida, impregnada de años de limpieza, de sudor, de algo más… algo que no quería imaginar. El olor que desprendían era fétido: a químicos baratos, a mugre, a algo orgánico que se había secado y descompuesto. Comenzó a enfundárselos lentamente, con una calma que helaba la sangre. Era como una enfermera psicópata preparándose para una cirugía sin anestesia. Me indicó que me desnudara y me colocara sobre el potro de madera que había en el centro del sótano. Obedecí. Me quité toda la ropa, quedando solo en ropa interior, y me tendí sobre el potro, el torso apoyado contra la madera áspera, mis pies apenas tocando el suelo de puntillas, como si estuviera colgado de un precipicio. El aire frío del sótano me erizó la piel. Estaba expuesto. Vulnerable. Un su ...