1. la vieja psicopata sádica


    Fecha: 02/08/2026, Categorías: Dominación / BDSM Tus Relatos Autor: scatgummi, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... que había colocado en el centro de la estancia y me colocó en su regazo, inerte y ahora en silencio forzado. Desbrozó la cremallera de mi pantalón y me lo bajó hasta los tobillos, junto con mi ropa interior, dejando al descubierto mi pene. Sentí una vergüenza tan profunda que me quemaba, expuesto y vulnerable sobre el regazo de aquella monstruosa vieja. 
    
    Me inclinó hacia adelante en su regazo, colocándome de tal forma que mi cara casi quedaba pegada al suelo, con mis manos esposadas a mi espalda agarradas firmemente por ella, impidiéndome levantarme. En aquella posición, humillante y forzada, comprobé con horror que ella se había sentado en la silla levantando su vestido por encima de la cintura, dejando su coño al descubierto, ya que no llevaba bragas. Era un coño enorme de vieja, lleno de pelos y pliegues húmedos, y desprendía un fuerte olor a orina rancia y a viejo. Me sentía humillado y no dejaba de mirar su sexo repugnante, incapaz de apartar la vista de aquella visión de decadencia. Estaba atrapado en su regazo, inclinado, sin poder incorporarme. Ella entonces, con una mano sujetando mis esposas para mantenerme en esa posición de sumisión, con la otra agarró una correa que tenía preparada al lado de la silla. La dobló por la mitad. Era una pesada correa de cuero marrón, ancha y gruesa. ¿Qué pretendía hacerme con aquella correa de piel ?
    
    Entonces comenzó el azote. La correa descendió sobre mi culo con una fuerza brutal. El dolor fue instantáneo, una línea de ...
    ... fuego que me recorrió entero. Mi cuerpo se estremeció violentamente, y mi carne golpeó contra sus muslos voluptuosos, produciendo un traqueteo sordo y húmedo. No pude moverme, sujeto como estaba por una mano enguantada  y mi propia postura forzada. Ella volvió a azotar, y luego otra vez. Cada golpe era un latigazo de puro sufrimiento, y el dolor no se acumulaba, se multiplicaba. Avanzaba la azotaina y mi dolor aumentaba hasta convertirse en una bestia que me devoraba por dentro. No podía escapar, no podía gritar, solo podía soportar.
    
    En mi desesperación, mi mente se aferró a un pensamiento. Mi madre. Estaría en casa, nuestra casa estaba justo enfrente. Si pudiera gritar, solo un poco, me escucharía. Intenté emitir un sonido, una llamada de auxilio, pero solo logré un gemido ahogado contra la tela y la cinta que me oprimían la cara. Fue entonces cuando la vieja, como si leyera mis pensamientos más profundos, se inclinó hacia mí y susurró con una voz gélida que me heló la sangre: "Tu mamá no te va a escuchar. Me he asegurado de ello. Ahora tu mamá soy yo". Y continuó azotándome con la correa, un verdadero suplicio sobre mi carne viva.
    El castigo era un infierno interminable. Mi culo, primero enrojecido, pronto pasó a un morado oscuro y violento. La piel se rompió en varios lugares, Lloraba y lloraba, un río de lágrimas silenciosas que se deslizaban por mis mejillas y caían al suelo de cemento, sobre el que mi cabeza estaba tan cerca. Lloraba de dolor, de humillación, de ...
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