1. SIN NOMBRES


    Fecha: 21/10/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: La señora M, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    Me llamo Mariana. Tengo cuarenta y siete años, mido un metro cincuenta y cinco, y desde hace tiempo dejé de pelearme con mi cuerpo. Tengo un cuerpo normal, de mujer que ha vivido: caderas anchas, cintura que ya no es la de los veinticinco, un poco de barriga suave que se me nota cuando me siento, pechos que fueron generosos y ahora van un poco hacia abajo, muslos rellenitos, esas estrías plateadas que me dejaron tres embarazos y que ya casi me gustan porque cuentan una historia. La cara es lo que más delata los años: unas arruguitas finas alrededor de los ojos cuando me río, dos líneas en la frente, la piel del cuello que ya no es un tambor. Nada dramático. Nunca me he hecho nada. Nunca he querido. Soy de esas mujeres que se ven "bien para la edad que tienen", que es un cumplido que odio y que agradezco a la vez.
    
    Estoy casada con Gonzalo desde hace veintitrés años. Veintitrés. Lo amo con mi vida, y no lo digo como se dice en una boda, lo digo en serio, con la certeza tranquila de la gente que ha construido algo. Gonzalo es bueno. Es un buen hombre, buen padre, buen compañero, se levanta temprano, arregla cosas, me trae café a la cama los domingos, se acuerda de mis fechas, me llama "mi amor" con una naturalidad que a veces me hace sonreír sola. Tenemos tres hijos: Mateo, de dieciséis, que ya me saca una cabeza y media y habla poco; Valentina, de catorce, que es mi espejo y mi guerra diaria; y Sofía, de diez, la pequeña, la que todavía se mete en mi cama a las siete de ...
    ... la mañana a contarme sueños absurdos. Somos una familia feliz. De verdad lo somos. No es una pose.
    
    Y nunca, en toda mi vida, había estado con otro hombre. Nunca. Gonzalo fue el primero en todo: mi primer beso de verdad, la primera vez, el único cuerpo de hombre que había tocado, el único pene que había tenido dentro, el único hombre que me había visto desnuda en la luz. Veintitrés años de un solo hombre. Hay algo hermoso en eso, y hay algo, también, que se te va enquistando sin que lo notes.
    
    Porque el sexo, con los años, se volvió una costumbre. No mala. Costumbre. Dos veces al mes, casi siempre domingo por la mañana o algún sábado a la noche si la película era mala. Él se pone encima, me besa, me toca un poco los pechos, mete dos dedos para comprobar que estoy húmeda, y entra. Diez minutos. Ritmo constante, amable, seguro. Yo me dejo, me concentro, a veces llego, muchas veces no, y cuando él termina se queda unos segundos encima respirando fuerte, me da un beso en la frente, se da la vuelta y a los tres minutos está dormido. Y yo me quedo mirando el techo. Está bien, pensaba. Es lo que hay. Es lo que le pasa a todo el mundo.
    
    Y luego llegó la menopausia.
    
    A los cuarenta y cinco empezaron los sofocos. Después el ciclo se me desordenó, se me acortó, se me alargó, se me fue. A los cuarenta y seis dejé de menstruar y el médico me lo confirmó con esa sonrisa clínica: "Bienvenida, Mariana, estás en la posmenopausia". Y con eso llegaron otras cosas que nadie te cuenta de ...
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