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SIN NOMBRES
Fecha: 21/10/2026, Categorías: Infidelidad Tus Relatos Autor: La señora M, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X
... minutos lo vi. Estaba a tres metros, de pie, apoyado en la barra, con una cerveza en la mano, hablando con el barman como si se conocieran de años. Y era imposible no verlo, porque era enorme. Medía, me enteré después, un metro noventa, y estaba construido como esos tipos que entrenan todos los días desde los quince: hombros anchísimos, brazos gruesos con las venas marcadas, pecho alto, la camisa de lino blanca abierta hasta el tercer botón mostrando un torso trabajado, cintura fina, y el pantalón oscuro que le caía bien de un modo que no es casualidad. Pelo corto oscuro, piel tostada, una barba de tres días, y una cara joven, muy joven, con una sonrisa relajada. Veintidós años, calculé. Veintidós. Y en algún momento levantó la vista, me vio, y me sonrió. Y yo, que hacía veintitrés años que no coqueteaba con nadie, sentí que se me subía la sangre a la cara como una imbécil. Se acercó. Se acercó directamente, sin vueltas, con dos vasos en la mano — un gin tonic para mí y un whisky para él — y se sentó en el sillón de al lado, y me dijo, con una voz grave y tranquila: —Te vi pedir gin tonic. Le acerté al menos al primero. ¿Te quedas con él o preferís otra cosa? —Me quedo —dije, y me salió una risa que no era del todo mía. Y empezamos a hablar. De nada. De Bahía Clara, del bosque, del hotel, de que él había venido con amigos y los amigos se habían ido a un boliche y él se había vuelto, de que estudiaba ingeniería, de que jugaba al waterpolo, de que el agua ...
... fría lo despertaba. Y yo le hablé de mis hijos, de mi casa, del calor, de la menopausia —sí, le hablé de la menopausia a un pibe de veintidós, y a él le pareció interesantísimo, me dijo que su mamá tenía cuarenta y cinco y que él siempre pensó que las mujeres de esa edad eran las más lindas, y yo pensé mentira piadosa, y él me miró como si no fuera mentira. No le dije que estaba casada. No dije "mi marido". No dije nada. Y no lo hice a propósito: simplemente, en ese sillón, con ese whisky y ese gin tonic, yo no era la esposa de nadie, era una mujer en un bar. Pero llevaba el anillo de matrimonio puesto y el colgante con tres dijes —tres pequeñas figuras, una por cada hijo— colgando del cuello, y él los vio, los dos, en cuanto se sentó, y no preguntó. Se quedó mirándolos un rato. Como si supiera y no le importara. Tomamos tres rondas. En la tercera ya nos tocábamos los brazos al hablar. Él me rozaba la muñeca al pasarme el vaso. Yo me reía de todo. En un momento él dijo: —Tengo una suite en el piso doce. La vista es increíble. ¿Querés verla? Es literalmente eso, ver la vista. Después bajás si querés. Y yo dije que sí antes de que terminara la frase. Subimos en el ascensor. Éramos dos personas solas en un cubículo con espejos, y yo me vi reflejada al lado de él y no podía creer el contraste: mi metro cincuenta y cinco contra su metro noventa, mi cuerpo suave contra esa mole, mi cara con arruguitas contra esa piel de veintidós. Él me miró por el espejo y sonrió. Y ...