1. A los Pies de Doña Rosita. Capítulo 3: El primer entrenamiento canino


    Fecha: 03/11/2026, Categorías: Fetichismo Tus Relatos Autor: Perro Esclavo de Pies, Fuente: Relatos-Eroticos-Club-X

    ... un poquito, en esas partes del calzado que su lengua alcanzaba a tocar.
    
    —Lo estás haciendo excelente, perrito. Vamos a ir aumentando la dificultad.
    
    Rosita comenzó entonces a tirar ambos huaraches a la vez, de forma desordenada, caían en todas partes del salón. Herman, sin embargo, solo podía tomar con la boca un solo huarache a la vez, por lo que se vio apurado tratando de igualar la velocidad con la que su ama lanzaba el calzado. Una y otra vez Rosita tiraba esos viejos huaraches, y una y otra vez su obediente y dócil perro iba por ellos y se los regresaba.
    
    Después de alrededor de 15 minutos del juego de *tirar y traer* Herman estaba claramente agotado del ejercicio físico que era ir a gatas por todo el salón, estaba sudoroso, acalorado, su piel blanca se había tornado rojiza y jadeaba con la lengua de fuera para refrescarse, como si realmente fuera un perro.
    
    —¿Qué pasa, perrito?, ¿ya te cansaste de jugar? —le preguntó Rosita tras recuperar ambos huaraches. El hombre respondió con dos ladridos de afirmación—. Aww, okey, perrito, en ese caso vamos a tomarnos un descansito, que lo has hecho muy bien y te lo tienes bien merecido.
    
    Rosita colocó su calzado en el piso al lado del sofá donde estaba sentada.
    
    —Vamos, perrito. Túmbate en el suelo, panza arriba, aquí junto a mis pies.
    
    El hombre obedeció en seguida y se acostó en el piso con la espalda sobre el frío suelo y la mirada fija en los ojos de su ama, estaba contento de obedecerla. Rosita subió sus pies ...
    ... y los posó sobre el estómago de Herman, como si de un reposapiés se tratara. Él notó al instante el peso de las piernas de su ama sobre su abdomen, aun estando agotado a Herman le encantó tener los pies de Rosita encima de él, la idea de servir de mueble como un escabel para su ama le excitaba un montón. 
    
    Rosita comenzó a frotar las plantas de sus pies contra la camisa blanca de vestir que llevaba Herman, había algo en la suave textura de la fina tela de esa camisa que le gustaba sentir en sus suelas. 
    
    Además, le complacía la idea de estar limpiando las suelas de las plantas de sus pies, aquellas con las que había caminado durante el día y que habían sudado fuertemente, en esa camisa elegante y costosa que casi parecía brillar de lo blanca que era; le hacía sentir poderosa y ese sentimiento comenzaba a gustarle cada vez más.
    
    Rosita acercó ambas plantas al rostro de Herman, apenas a unos centímetros de su cara, tan cerca que un poco del hedor a sudor llegaba a su nariz. El hombre no pudo evitar quedarse mirando fijamente esos pies morenos que tanto anhelaba, con la boca abierta y la lengua de fuera, jadeando como un perro acalorado tratando de refrescarse un poco. 
    
    —¿Qué pasa, perrito?, ¿acaso te gustan mucho mis pies, eh? —le dijo Rosita divirtiéndose de ver a Herman tan deseoso de esas cansadas plantas.
    
    —¡Guau, guau! —ladró el hombre con emoción para decirle «Sí, ama».
    
    —Aww, pero qué perrito con gustos tan particulares —le decía Rosita mientras empezaba a ...
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