1. Oye Nencho


    Fecha: 09/01/2020, Categorías: Dominación / BDSM Autor: wastedLalo, Fuente: SexoSinTabues

    ... maravillosa mano no me golpeó los testículos sino que me los acarició. Gemí, pero esta vez de alivio. El adiestramiento también consistía en saber modular los gemidos. Teníamos que saber dar el tono de angustia o el de felicidad adecuado en función de si recibíamos dolor o placer. Desde que fui anillado por primera vez a los seis años la acción de mis domadoras sobre mis genitales fue constante. En el palpado combinaban placer y dolor. Con Karima pasé otros dos años de mi adiestramiento. Me tenía horas y horas inmóvil, de rodillas sosteniendo una bandeja, un cenicero, sus zapatos… lo que ―Tienes ya ocho años, nencho, deberías dejar de llorar cada vez que te piso las bolitas. Sólo gemir, Lolo, recuerda, gemidos solamente. A nadie le gusta ver llorar a su mascota. Y yo me esforzaba en controlar el dolor para convertirlo en tristes gemidos. María, mi tutora, decidió que Karima ya había cumplido conmigo su parte del adiestramiento. La joven Teresa la sustituyó. La joven Teresa era una mujer afable, de bondadoso rostro, que debía rondar los 28 años de edad. Aquel cambio fue traumático para mí. Y no porque la joven Teresa me tratara peor de lo que lo habían hecho Isabel y Karima, no, lo fue porque aquella mujer tenía la virtud de recordarme a mi madre. Y no por que se le pareciera, no, sino porque en mi devastada y frágil personalidad ocupó el lugar de una madre. Isabel y Karima me habían recordado a mis hermanas sin que se parecieran a ninguna de ellas en tanto que la joven ...
    ... Teresa me recordaba a mi madre. Ella fue la que consiguió que anhelara el que me hiciera sufrir porque después de hacerme saltar lágrimas de dolor, cosa que conseguía con refinados y muy variados métodos, solía acogerme en su generosa seno. Me subía a su regazo, se bajaba el tirante de su vestido y me permitía que me perdiera entre sus blandos pechos. ―Ven con mamá pequeñín – me decía la joven Teresa y yo trotaba como un perrillo, contento y feliz y me lanzaba a besar sus grandes pies con frenética devoción canina. A estas alturas de mi corta vida llevaba ya seis años como mascota y había desarrollado una obsesiva fijación por los pies de mis guardianas al igual que por sus zapatos. Me vida, desde que empecé a ser adiestrado, había transcurrido de rodillas a los pies de niñas, muchachas y mujeres, siempre obligado a besarlos. Apenas podía concebir otro olor más agradable que aquel que había impregnado mis fosas nasales constantemente. Cada vez que me postraba a los pies de mi adorada, amada y temida joven Teresa, antes incluso que la vista, entraba en acción toda mi capacidad olfativa. Mi joven Teresa fue quien me inició en el control de mi placer genital. Estirado en el suelo mi cuerpo pequeño era utilizado para que descansara sus hermosos y grandes pies. De vez en cuando me acerca una de sus mullidas plantas a los labios para que la besara. Me llenaba de su olor y me envolvía con su mórbida calidez. Después el otro pie lo desplazaba hasta mi pollita y la acariciaba. La primera ...
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